PARTE 2 — LA BODA MÁS ABSURDA DE NUESTRAS VIDAS

A las dos y cuarenta de la madrugada, Julian y yo estábamos sentados frente a una funcionaria con expresión de absoluto cansancio.

Miró nuestros documentos.

Después nos miró a nosotros.

—Voy a preguntar una última vez. ¿Están seguros?

Julian dejó de sonreír.

Yo también.

Durante todo el trayecto habíamos hecho bromas.

Sobre el divorcio.

Sobre quién se quedaría con el sofá que todavía no teníamos.

Incluso sobre enviarle flores de agradecimiento a Serena y Evan por habernos presentado indirectamente.

Pero en aquel momento todo se volvió real.

Julian giró hacia mí.

—Mara, todavía puedes marcharte.

Lo estudié.

—Tú también.

—No quiero.

Aquella respuesta llegó demasiado rápido.

—¿Por qué?

Sus ojos permanecieron sobre los míos.

—Porque estoy cansado de esperar a alguien que nunca me eligió.

Entendí perfectamente.

Yo también estaba cansada.

—Entonces hagámoslo.

Veinte minutos después salimos casados.

Miré el certificado entre mis manos.

—Esto es una locura.

—Señora Foster, ahora es demasiado tarde para desarrollar sentido común.

Le di un golpe con el documento.

Julian se rio.

A las cuatro de la mañana llegamos a su apartamento.

Era enorme.

Demasiado ordenado.

—Puedes dormir en la habitación de invitados —dijo.

—Perfecto.

—Y mañana podemos hablar de qué hacemos con esto.

Levantó su certificado matrimonial.

Asentí.

Antes de entrar en la habitación, me detuve.

—Julian.

—¿Sí?

—No quiero publicar nada.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Todavía quieres proteger a Evan?

—No.

Miré mi teléfono.

Seguía sin haber ningún mensaje suyo después del supuesto atasco.

—Simplemente no quiero que nuestro matrimonio sea una venganza.

Julian guardó silencio.

Después asintió.

—De acuerdo.

A la mañana siguiente desperté con cuarenta y tres llamadas perdidas.

Todas de Evan.

También había mensajes.

«Mara, contéstame.»

«Puedo explicarlo.»

«Serena estaba pasando por un momento difícil.»

«No ocurrió nada.»

Y finalmente:

«Voy hacia tu apartamento.»

Me incorporé de golpe.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Salí y encontré a Julian preparando café.

—¿Qué pasa?

—Evan va a mi casa.

Julian levantó una ceja.

—Qué tragedia.

—Tengo que ir.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Mara.

Tomó las llaves.

—Soy tu marido. Déjame disfrutar de mis primeras obligaciones absurdas.

Treinta minutos después llegamos.

Evan estaba frente a mi puerta.

Y no estaba solo.

Serena estaba con él.

Mi mirada bajó inmediatamente hacia su muñeca.

El reloj seguía allí.

Mi reloj.

Evan se acercó.

—Mara, por fin. Escúchame…

Entonces vio a Julian detrás de mí.

Se detuvo.

Serena también.

—¿Qué hace él aquí? —preguntó Evan.

Abrí la puerta.

—Ayudarme.

—¿Ayudarte con qué?

—A recoger mis cosas.

Evan me agarró del brazo.

Julian avanzó inmediatamente.

—Suéltala.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

—Ahora tiene bastante que ver conmigo.

Evan soltó una carcajada.

—¿Qué significa eso?

Julian me miró.

No dijo nada.

Me dejó decidir.

Y por alguna razón, aquel pequeño gesto me afectó más que cualquier promesa que Evan hubiera hecho durante cinco años.

Saqué el certificado de mi bolso.

—Julian y yo nos casamos anoche.

El rostro de Evan quedó completamente vacío.

Serena palideció.

—¿Qué?

—Estamos casados.

Evan me arrancó el documento de las manos.

Lo leyó.

Una vez.

Dos.

—Esto es una broma.

—No.

—¡Ayer eras mi novia!

Lo miré.

—Ayer tú estabas atrapado en el tráfico.

El silencio fue delicioso.

Serena escondió instintivamente la muñeca.

Demasiado tarde.

Señalé el reloj.

—Puedes quedártelo.

Evan siguió mi mirada.

Su rostro cambió.

—Mara, eso no es…

—Te lo regalé porque pensé que significaba algo para ti.

Miré a Serena.

—Ahora entiendo que tenía razón. Solo me equivoqué sobre lo que significaba.

Entré al apartamento.

Evan intentó seguirme, pero Julian bloqueó la entrada.

—No puedes impedirme hablar con ella.

—No estoy impidiendo nada.

Julian sonrió.

—Estoy esperando que mi esposa decida si quiere escucharte.

Mi esposa.

Evan apretó los puños.

—Tú sigues enamorado de Serena.

El pasillo quedó en silencio.

Miré a Julian.

Serena también lo hizo.

Era la pregunta que ninguno de nosotros había formulado desde la noche anterior.

Julian la observó durante unos segundos.

Cinco años de obsesión estaban delante de él.

Entonces hizo algo inesperado.

Apartó la mirada de Serena y caminó hacia mí.

—Quizá ayer sí.

Tomó mi maleta.

—Hoy tengo una esposa.

Y entró conmigo sin volver a mirar atrás.

Por primera vez, Serena fue quien se quedó esperando a que Julian la eligiera.

Y por primera vez en cinco años…

él no lo hizo.

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