PARTE 2: LA ÚLTIMA PÁGINA DEL TESTAMENTO

Los golpes resonaron por cuarta vez.

Lucas me miró con miedo.

—Abuela… ¿quién es?

Le sonreí como pude.

—Quédate en tu habitación, cariño.

Esperé hasta verlo cerrar la puerta antes de acercarme a la entrada.

Sin abrir, pregunté:

—¿Qué quieres, Justin?

Su voz sonó extrañamente amable.

Demasiado amable.

—Helena, solo quiero hablar.

Miré el teléfono.

Samuel seguía en la línea.

—No abras todavía —susurró—. Pon el altavoz.

Obedecí.

—¿Qué necesitas? —pregunté.

Justin dejó escapar una risa incómoda.

—Creo que hubo un malentendido el otro día.

Un malentendido.

Así llamaba él a dieciocho años reducidos a cuatrocientos dólares.

—No lo creo.

—Mi padre te apreciaba mucho. Quizá fui demasiado apresurado.

Samuel intervino desde el teléfono.

—Pregúntale si ya leyó la última página del testamento.

Respiré hondo.

—Justin… ¿ya leíste la última página del testamento?

Al otro lado hubo un silencio tan largo que no hizo falta ninguna respuesta.

Samuel suspiró.

—Ya entiendo.

Justin golpeó suavemente la puerta.

—Helena, por favor. Solo quiero arreglar las cosas.

—¿Cómo supiste dónde vivo?

No respondió.

Samuel sí.

—Porque el expediente laboral de la mansión incluye tu dirección. No debió utilizar esa información para fines personales.

Justin perdió la paciencia.

—¡Abre la puerta!

—No.

Respiró con fuerza.

—Mira, te ofrezco diez mil dólares. Quédate con ellos y olvidemos este asunto.

Sentí un escalofrío.

Tres días antes me había considerado una empleada desechable.

Ahora ofrecía diez mil dólares sin siquiera haber negociado.

Eso solo significaba una cosa.

Valía mucho más.

Samuel habló con absoluta calma.

—Helena, dile que mañana lo verás en mi despacho. Nada más.

Repetí exactamente sus palabras.

Justin respondió de inmediato.

—No podemos esperar hasta mañana.

—Sí podemos.

—¡No entiendes!

Por primera vez escuché auténtico miedo en su voz.

—Mi padre estaba enfermo cuando cambió ese documento. Podemos discutir su validez.

Samuel sonrió con amargura.

—Interesante.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Hace cinco minutos estaba intentando comprarte. Ahora intenta desacreditar el testamento. Eso significa que ya sabe perfectamente lo que contiene.

Justin volvió a insistir.

—Helena, solo firma un recibo diciendo que aceptaste la indemnización y terminamos con esto.

Ahí comprendí por qué había venido.

No buscaba reconciliarse.

Buscaba mi firma.

—No voy a firmar nada.

Escuché un golpe seco contra la puerta.

—¡Helena!

Lucas salió corriendo al pasillo, asustado.

Lo abracé de inmediato.

—Todo está bien.

No era cierto.

Pero necesitaba que él lo creyera.

En ese momento se escuchó otra voz desde el exterior.

—Señor Justin, será mejor que se aparte de la puerta.

Reconocí aquella voz.

Era Samuel.

Había llegado mucho antes de lo que esperaba.

Justin murmuró algo entre dientes.

Samuel continuó.

—No está autorizando esta conversación y ya he informado de su presencia aquí.

Abrí ligeramente la cortina.

El abogado estaba de pie junto a un automóvil gris, sosteniendo una carpeta de cuero.

Justin retrocedió un paso.

—Solo vine a hablar.

—No —respondió Samuel—. Usted vino a impedir que Helena conociera sus derechos.

Justin lo fulminó con la mirada.

—No tienes pruebas.

Samuel levantó lentamente la carpeta.

—En realidad sí.

Dentro está el testamento completo.

Y también una carta manuscrita que Christopher escribió exclusivamente para Helena.

Justin palideció.

Samuel añadió con serenidad:

—Una carta que explica exactamente por qué condicionó toda su herencia… a la decisión que ella tome después de leer esa última página.

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