Daisy caminó despacio hasta colocarse frente al estrado.
Apenas levantaba la vista por encima del borde de la mesa de la jueza.
Seguía abrazando con fuerza su viejo conejo de peluche.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—Daisy, ven con papá.
—¡Señor Albright, ni un paso más! —ordenó la jueza Barrett.
El alguacil se interpuso inmediatamente.
La pequeña bajó la cabeza.
La jueza suavizó el tono.
—No tengas miedo, cariño. Nadie va a hacerte daño aquí.
Daisy asintió muy despacio.
Penelope sintió un nudo en la garganta.
Había criado a Daisy desde que tenía un año.
Aunque no era su madre biológica, la niña siempre la llamaba “mamá Penny” cuando Gabriel no estaba cerca.
La jueza tomó una hoja en blanco.
—Hace unos minutos me dijiste que querías contarme algo. ¿Lo recuerdas?
La niña volvió a asentir.
—Sí.
—Puedes hacerlo con tus propias palabras.
Daisy respiró hondo.
—Papá dijo que no hablara.
Toda la sala quedó inmóvil.
Gabriel cerró los ojos un instante.
—Su Señoría, mi hija está confundida…
—Siéntese.
Gabriel obedeció lentamente.
La jueza volvió a mirar a Daisy.
—¿Qué fue lo que papá dijo que no contaras?
La niña miró a Penelope.
Después señaló a Bianca.
—La señora mala dijo que cuando naciera el bebé ya no necesitaríamos a mamá Penny.
Un murmullo recorrió la sala.
Bianca cruzó los brazos.
—Está inventando.
Pero Daisy continuó.
—La escuché una noche.
Papá dijo que primero tenían que conseguir que mamá firmara los papeles.
Después podrían quedarse con la casa.
Penelope sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Ella nunca había contado a nadie que Gabriel llevaba semanas insistiendo para que firmara varios documentos financieros.
Siempre decía que eran simples actualizaciones fiscales.
La jueza tomó nota.
—¿Qué más escuchaste?
Daisy apretó con más fuerza el conejo.
—La señora mala dijo que una mujer embarazada llora por cualquier cosa… y que nadie le creería.
Gabriel se levantó de golpe.
—¡Basta! Está manipulando a una niña.
—¡Siéntese inmediatamente! —ordenó la jueza.
El alguacil volvió a colocarse frente a él.
Daisy comenzó a llorar.
Penelope dio un paso.
—Su Señoría… ¿puedo acercarme?
La jueza asintió.
Penelope caminó lentamente hasta la niña.
Con dificultad por el embarazo, se arrodilló frente a ella.
—Estoy aquí, cariño.
Daisy dejó caer el conejo y la abrazó con fuerza.
—No quería que te fueras.
Penelope cerró los ojos.
También comenzó a llorar.
Durante meses había soportado humillaciones creyendo que al menos Daisy nunca tendría que sufrir.
La jueza esperó unos segundos antes de volver a hablar.
—Daisy, necesito hacerte una última pregunta.
La niña levantó la cabeza.
—¿Quién te dijo que mamá Penny iba a irse para siempre?
La pequeña señaló directamente a Bianca.
—Ella.
Toda la sala giró hacia Bianca.
Su seguridad desapareció por primera vez.
—Eso es ridículo.
La jueza no respondió.
En cambio, abrió una carpeta que permanecía cerrada desde el inicio de la audiencia.
—Curiosamente, esta mañana recibimos un sobre anónimo.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué sobre?
La jueza sacó varias fotografías.
Las colocó sobre la mesa.
Penelope reconoció inmediatamente el dormitorio principal de su casa.
Pero no era eso lo que la dejó sin palabras.
Era la fecha.
Las fotografías habían sido tomadas dos meses antes.
Mucho antes de que ella descubriera la infidelidad.
En ellas aparecían Gabriel y Bianca entrando juntos en la vivienda mientras Penelope asistía a una revisión prenatal.
Bianca perdió completamente el color del rostro.
—¿Quién tomó esas fotos?
La jueza no contestó.
Sacó un pequeño dispositivo de memoria.
—El mismo remitente también envió varios archivos de audio.
Gabriel dejó de respirar.
La jueza sostuvo la memoria entre los dedos.
—Y, según la carta que la acompaña, esas grabaciones demostrarían que el señor Albright y la señorita Shepherd planearon convencer a la señora Penelope de firmar documentos de transferencia patrimonial antes del nacimiento del bebé.
El abogado de Gabriel se puso de pie inmediatamente.
—Su Señoría, solicito un receso.
La jueza negó lentamente.
—No.
Miró la memoria unos segundos antes de entregársela al secretario judicial.
—Porque la persona que envió estas pruebas acaba de presentarse voluntariamente en el tribunal…
Las puertas de la sala volvieron a abrirse.
Un hombre mayor entró acompañado por un oficial.
Cuando Gabriel lo vio, toda la sangre desapareció de su rostro.
—No…
El hombre levantó la mano derecha.
—Mi nombre es Harold Bennett.
Hizo una pausa.
—Y durante los últimos ocho años he sido el chofer personal de la familia Albright. Fui yo quien grabó todo.
