Brenda permaneció inmóvil en el pasillo.
La tenue luz de la cocina apenas iluminaba su rostro.
—¿Qué haces despierto? —preguntó con una sonrisa demasiado tranquila.
Me incorporé despacio.
—Escuché un ruido.
—La casa es vieja. Siempre cruje cuando baja la temperatura.
Asentí como si le creyera.
—Tienes razón.
Sus hombros se relajaron.
—Vuelve a dormir. Mañana iremos a visitar a mamá y papá si insistes tanto.
Esperé a que regresara a su habitación.
Solo entonces miré otra vez el candado nuevo del sótano.
Los tres golpes no habían sido mi imaginación.
A la mañana siguiente fingí normalidad.
Mientras Brenda preparaba café, salí diciendo que quería comprar pan para el desayuno.
En realidad fui directo a la casa de George.
Cuando le conté lo de los golpes, su expresión cambió por completo.
—Sabía que algo estaba mal.
—¿Has entrado al sótano alguna vez?
Negó con la cabeza.
—Hace meses intenté visitar a tu padre. Brenda dijo que estaba enfermo y que no quería recibir a nadie.
Luego bajó la voz.
—Dos días después vi llegar una empresa de construcción. Trajeron cemento.
Sentí un escalofrío.
—¿Cemento?
George asintió.
—Trabajaron solo una tarde. Después nadie volvió a entrar.
Regresé a casa con una idea fija.
Necesitaba abrir ese sótano.
Esperé hasta que Brenda salió diciendo que iba al supermercado.
En cuanto su coche desapareció por la carretera, busqué las llaves.
No estaban.
Entonces tomé una barra metálica del cobertizo.
El candado cedió al tercer golpe.
Abrí lentamente la puerta.
Un olor a humedad subió desde la oscuridad.
Bajé los escalones con la linterna del teléfono.
El sótano estaba casi vacío.
Solo había cajas viejas, herramientas oxidadas y una sección del suelo cubierta con cemento mucho más reciente que el resto.
Me acerqué.
Golpeé suavemente con la barra.
Tac.
Tac.
Tac.
Tres segundos después…
Tac.
Tac.
Tac.
La respuesta llegó desde debajo del cemento.
La sangre se me heló.
No estaba solo.
Me arrodillé y grité:
—¡Papá! ¡Mamá! ¿Me escuchan?
Silencio.
Luego un solo golpe.
Débil.
Pero inconfundible.
Saqué el teléfono para llamar al 911.
En ese mismo instante escuché el motor de un coche detenerse frente a la casa.
Brenda había vuelto mucho antes de lo previsto.
Sus pasos corrieron hacia la entrada.
Después oí su voz, desesperada.
—¡Shawn! ¿Dónde estás?
Miré la escalera del sótano.
Ella acababa de descubrir que el candado ya no estaba.
PARTE 2: LOS TRES GOLPES BAJO EL SUELO
Brenda permaneció inmóvil en el pasillo.
La tenue luz de la cocina apenas iluminaba su rostro.
—¿Qué haces despierto? —preguntó con una sonrisa demasiado tranquila.
Me incorporé despacio.
—Escuché un ruido.
—La casa es vieja. Siempre cruje cuando baja la temperatura.
Asentí como si le creyera.
—Tienes razón.
Sus hombros se relajaron.
—Vuelve a dormir. Mañana iremos a visitar a mamá y papá si insistes tanto.
Esperé a que regresara a su habitación.
Solo entonces miré otra vez el candado nuevo del sótano.
Los tres golpes no habían sido mi imaginación.
A la mañana siguiente fingí normalidad.
Mientras Brenda preparaba café, salí diciendo que quería comprar pan para el desayuno.
En realidad fui directo a la casa de George.
Cuando le conté lo de los golpes, su expresión cambió por completo.
—Sabía que algo estaba mal.
—¿Has entrado al sótano alguna vez?
Negó con la cabeza.
—Hace meses intenté visitar a tu padre. Brenda dijo que estaba enfermo y que no quería recibir a nadie.
Luego bajó la voz.
—Dos días después vi llegar una empresa de construcción. Trajeron cemento.
Sentí un escalofrío.
—¿Cemento?
George asintió.
—Trabajaron solo una tarde. Después nadie volvió a entrar.
Regresé a casa con una idea fija.
Necesitaba abrir ese sótano.
Esperé hasta que Brenda salió diciendo que iba al supermercado.
En cuanto su coche desapareció por la carretera, busqué las llaves.
No estaban.
Entonces tomé una barra metálica del cobertizo.
El candado cedió al tercer golpe.
Abrí lentamente la puerta.
Un olor a humedad subió desde la oscuridad.
Bajé los escalones con la linterna del teléfono.
El sótano estaba casi vacío.
Solo había cajas viejas, herramientas oxidadas y una sección del suelo cubierta con cemento mucho más reciente que el resto.
Me acerqué.
Golpeé suavemente con la barra.
Tac.
Tac.
Tac.
Tres segundos después…
Tac.
Tac.
Tac.
La respuesta llegó desde debajo del cemento.
La sangre se me heló.
No estaba solo.
Me arrodillé y grité:
—¡Papá! ¡Mamá! ¿Me escuchan?
Silencio.
Luego un solo golpe.
Débil.
Pero inconfundible.
Saqué el teléfono para llamar al 911.
En ese mismo instante escuché el motor de un coche detenerse frente a la casa.
Brenda había vuelto mucho antes de lo previsto.
Sus pasos corrieron hacia la entrada.
Después oí su voz, desesperada.
—¡Shawn! ¿Dónde estás?
Miré la escalera del sótano.
Ella acababa de descubrir que el candado ya no estaba.
