Michael miró a su hijo.
Después me miró a mí.
—¿Te vas a casar con ella?
Zach asintió orgullosamente.
—Hicimos promesa de meñique.
Uno de los hombres detrás de Michael tuvo que ocultar una sonrisa.
Michael no.
Sus ojos volvieron a mis muñecas.
—¿Quién te hizo esos moretones?
Antes de que pudiera responder, Regina apareció detrás de él.
—¡Aurora!
Me estremecí.
Zach inmediatamente se puso delante de mí.
—No puedes llevártela.
Regina soltó una carcajada.
—¿Y tú quién eres?
Michael giró lentamente la cabeza.
La sonrisa desapareció del rostro de mi madrastra.
—Michael Moretti…
—Conoce mi nombre. Excelente.
Entonces aparecieron dos hombres junto a Regina.
Uno de ellos me señaló.
—Tony pagó por ella.
El almacén quedó en silencio.
Michael dio un solo paso hacia él.
—Repítelo.
Nadie lo hizo.
—Aurora no pertenece a nadie —dijo.
Regina palideció.
—Su padre dejó deudas.
—Su padre está muerto. Ella no firmó esas deudas.
Michael miró a sus hombres.
—Saquen a esta gente de mi restaurante.
Regina empezó a protestar.
—¡Ella me debe cincuenta mil dólares!
—Entonces demándala.
Su tono permaneció tranquilo.
—Pero si vuelves a enviar hombres para tocarla, hablarás conmigo.
Minutos después, Regina había desaparecido.
Yo seguía temblando.
—Gracias.
Michael miró a Zach.
—No me agradezcas todavía. Mi hijo aparentemente acaba de comprometerse.
—Papá, prometí protegerla.
Algo cambió en el rostro de Michael.
Se agachó frente a Zach.
—Y un Moretti cumple sus promesas.
Entonces su teléfono sonó.
Uno de sus hombres contestó y perdió inmediatamente la sonrisa.
—Señor, tenemos un problema.
Michael tomó el aparato.
Escuchó durante diez segundos.
Después me observó de una forma distinta.
—¿Tu apellido?
—Vale.
Silencio.
—Aurora Vale.
Michael se quedó inmóvil.
—¿Quién era tu padre?
—Thomas Vale.
Su mandíbula se tensó.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
Michael ordenó cerrar el restaurante.
—Porque Thomas Vale trabajó para mi padre.
Sentí un escalofrío.
—Mi madrastra dijo que era contable.
—Lo era.
Michael se acercó.
—Hasta que desaparecieron cuarenta millones de dólares de las cuentas de mi familia.
Retrocedí.
—Mi padre jamás tuvo ese dinero.
—Lo sé.
Aquella respuesta me desconcertó.
Michael sacó una fotografía de su teléfono.
Mostraba a mi padre entrando en un banco.
A su lado estaba Regina.
La fecha era tres días antes de su muerte.
—Tu padre descubrió quién robaba a los Moretti —dijo Michael—. Después murió y Regina se convirtió en tu tutora.
Zach apretó mi mano.
Entonces uno de los hombres entró con un sobre encontrado en el coche de Regina.
Dentro había una copia de mi certificado de nacimiento.
Michael la leyó.
Y su rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Le arrebaté el documento.
En el espacio reservado para mi madre había un nombre que nunca había visto.
Elena Moretti.
Miré a Michael.
—¿Quién es?
Por primera vez, el hombre más temido de Nueva York pareció no saber qué decir.
Finalmente susurró:
—Mi hermana.
Sentí que las piernas me fallaban.
Zach levantó la vista hacia su padre.
—Entonces Aurora es familia.
Michael seguía mirándome.
—Sí.
Pero había algo más.
Volvió el certificado.
En el reverso aparecía una anotación escrita por mi padre.
Si algo me ocurre, no entreguen a Aurora a Regina. Michael debe saber por qué Elena sigue viva.
