Las siguientes dos semanas fueron extrañamente tranquilas.
Lucas no se disculpó.
Clara tampoco.
Al contrario, él comenzó a acompañarla después del entrenamiento porque su rodilla “todavía necesitaba cuidados”.
Yo dejé de preguntar.
Mientras ellos estaban juntos, preparé mis documentos para Harvard.
Pasaporte.
Visado.
Expediente académico.
Traslado temporal.
Todo.
Tres días antes de mi partida, Lucas finalmente notó las cajas en mi habitación.
—¿Qué estás haciendo?
—Preparando mis cosas.
Frunció el ceño.
—¿Vuelves a casa?
—No.
Cerré una maleta.
—Me voy a Harvard.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Le mostré la confirmación.
—Me aceptaron en un programa de intercambio.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
Lo miré.
—Ahora.
—¡Soy tu novio!
Aquello casi me hizo reír.
—Cuando Clara metió la mano en mi uniforme también eras mi novio.
Lucas se quedó callado.
Entonces pronunció exactamente la frase que esperaba.
—Estás haciendo todo esto por una broma.
—No.
Tomé mi maleta.
—Lo hago porque finalmente entendí que no necesito quedarme donde siempre tengo que competir para recibir respeto.
Al día siguiente Clara apareció.
Llorando.
—Emma, si te vas por mi culpa, puedo alejarme de Lucas.
—No hace falta.
Ella pareció confundida.
—¿No estás enfadada?
—Ya no.
Fue entonces cuando vi verdadero miedo en sus ojos.
Porque mientras yo peleaba con ella, todavía estaba jugando su juego.
Mi indiferencia significaba que había terminado.
Una semana después aterricé en Boston.
Comenzaron las clases.
Conocí estudiantes de distintos países.
Entré en un proyecto de investigación.
Y durante cuarenta y tres días ignoré todas las llamadas de Lucas.
Hasta que una noche recibí un mensaje del instructor militar.
Emma, necesito preguntarte algo sobre Clara Bennett.
Respondí inmediatamente.
¿Qué ocurrió?
Llegó una fotografía.
Era un documento disciplinario.
Clara había sido suspendida del programa.
Pero no por aquella escena conmigo.
Habían revisado las grabaciones de seguridad después de otra denuncia.
Había hecho lo mismo con tres estudiantes más.
Comentarios.
Humillaciones.
Contacto físico presentado después como “bromas”.
Lucas había aparecido como testigo en dos incidentes.
Y siempre había defendido a Clara.
Entonces llegó otro archivo.
Mi nombre aparecía arriba.
INCIDENTE HAYES — EVIDENCIA ADICIONAL.
Había un video.
Lo abrí.
Mostraba el entrenamiento desde otro ángulo.
Clara acercándose detrás de mí.
Su mano entrando deliberadamente en mi cinturón.
Pero los segundos anteriores eran todavía más importantes.
Lucas estaba junto a ella.
Clara le dijo algo.
El audio era débil, pero perfectamente comprensible.
—Mira cómo hago que tu novia pierda los nervios.
Lucas respondió riéndose:
—No podrás.
Sentí un vacío en el pecho.
Él lo sabía.
No había sido una broma espontánea.
Había sido una provocación.
Entonces recibí una llamada desde un número desconocido.
Contesté.
—¿Emma Hayes?
—Sí.
—Soy el teniente coronel Marcus Reed.
Me quedé inmóvil.
Reed.
—¿Es usted familiar de Lucas?
Hubo un silencio.
—Soy su padre.
Lucas siempre me había dicho que su padre había muerto cuando él tenía nueve años.
—Eso es imposible.
—Sé lo que Lucas te contó.
Su voz se volvió grave.
—Pero no te llamo por mi hijo.
—Entonces ¿por qué?
—Porque vi tu expediente después del incidente Bennett.
Hizo una pausa.
—Y necesito saber quién te dijo que tu apellido verdadero era Hayes.
Sentí que el corazón se detenía.
—Es mi apellido.
—No, Emma.
Escuché cómo abría una carpeta.
—Según los registros militares que tengo delante, naciste con otro.
Tragué saliva.
—¿Cuál?
El hombre respondió con un nombre que jamás había escuchado.
Y después añadió:
—Tu padre biológico lleva dieciocho años buscándote.
