Robert sostuvo la fotografía durante varios segundos.
—Se llamaba Jonathan Hale.
Margaret cerró los ojos.
Ethan se levantó.
—¿Quién demonios es Jonathan Hale?
Mi suegro no respondió inmediatamente.
Parecía haber envejecido diez años en aquella mesa.
—Mi hermano.
El silencio fue absoluto.
Ethan dejó escapar una risa incrédula.
—Tú no tienes ningún hermano.
—Ya no.
Robert giró la fotografía.
—Jonathan murió hace treinta y nueve años.
Margaret comenzó a llorar.
—Robert, por favor.
—¿Ethan es suyo?
Ella no respondió.
Eso fue suficiente.
Mi esposo retrocedió como si acabaran de golpearlo.
—Mamá.
—Fue una sola vez —sollozó Margaret—. Estábamos borrachos. Tú estabas fuera. Jonathan vino a ayudarme…
Robert golpeó la mesa.
—¡Era mi hermano!
Nadie volvió a moverse.
Yo tampoco.
Había querido detener las humillaciones de Margaret.
No había imaginado que abriría una herida enterrada durante cuatro décadas.
Entonces Robert hizo algo inesperado.
Miró directamente a Ethan.
—Necesitamos una prueba de ADN.
Margaret levantó la cabeza bruscamente.
—¡No!
Demasiado rápido otra vez.
Robert entrecerró los ojos.
—¿Por qué no?
—Porque destruirás a tu hijo.
—Si Jonathan era su padre, necesito saberlo.
Margaret comenzó a negar con la cabeza.
—No entiendes.
Aquellas palabras cambiaron la expresión de Robert.
—¿Qué no entiendo?
Ella me miró.
Por primera vez no había desprecio en sus ojos.
Había terror.
—Jonathan no podía ser el padre de Ethan.
Ethan palideció.
—¿Entonces quién?
Margaret apretó las manos.
—La fotografía no demuestra lo que Clara cree.
Robert se inclinó hacia ella.
—Habla.
—Jonathan me llevó aquella noche a ver a otra persona.
Sacó lentamente un sobre viejo de su bolso.
Lo había traído al cumpleaños.
Dentro había una carta y un certificado.
Robert leyó el nombre.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Esto no puede ser.
Ethan le arrebató el documento.
Era un certificado de nacimiento.
El suyo.
Pero en la casilla correspondiente al padre no figuraba Robert Bennett.
Tampoco Jonathan Hale.
Aparecía un tercer nombre.
William Prescott.
Un anciano tío dejó caer su copa.
Yo reconocí el apellido.
Todo el mundo en aquella mesa lo conocía.
Los Prescott habían fundado, junto con Robert, la empresa que décadas después convertiría a los Bennett en millonarios.
—William murió antes de que Ethan naciera —murmuró Robert.
—Sí —respondió Margaret.
Entonces Robert leyó la carta.
Su rostro cambió.
—Margaret… ¿qué hiciste?
Ella empezó a llorar con más fuerza.
—Lo protegí.
—¿De qué?
Margaret miró a Ethan.
—De heredar.
Nadie entendió.
Hasta que Robert abrió la última hoja.
Era una copia del testamento original de William Prescott.
Si William dejaba un hijo biológico, aquel hijo recibiría el 51 % de las acciones fundadoras de Bennett-Prescott Industries al cumplir cuarenta años.
Ethan cumpliría cuarenta en nueve días.
Me miró.
Después miró a su madre.
—¿Llevas toda mi vida sabiendo esto?
Margaret negó lentamente.
—Eso no es lo peor.
Señaló el testamento.
—Hace cuatro años alguien descubrió quién eras.
Sentí un escalofrío.
Cuatro años.
Exactamente el tiempo que Ethan y yo llevábamos casados.
Entonces Margaret me señaló.
—Y por eso permití que se casara con Clara.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué tengo yo que ver?
Robert levantó lentamente la mirada hacia mí.

—Todo.
Porque debajo de la firma de William Prescott aparecía el nombre de la mujer designada para controlar aquellas acciones si su heredero era localizado.
El nombre de mi madre.