PARTE 2: LAS DIEZ BOFETADAS QUE LE COSTARON UN IMPERIO

Gabriel tardó tres segundos en reaccionar.

—¿Qué hiciste?

Su director financiero seguía gritando desde el teléfono.

—¡Los bancos congelaron nuestras líneas de crédito! ¡Tres fondos están exigiendo garantías adicionales!

Bianca se separó lentamente de él.

Yo abrí la puerta.

—Isabel, espera.

Era la primera vez que Gabriel pronunciaba mi nombre sin desprecio aquella noche.

No me detuve.

Entonces los ascensores se abrieron.

Seis hombres de traje oscuro salieron acompañados por mi tío Rafael.

Gabriel palideció.

Lo reconocía.

Todo Ciudad A conocía a Rafael Márquez.

Lo que Gabriel jamás había sabido era que aquel hombre era mi tío.

—Señorita Isabel.

Rafael vio mi rostro.

Su expresión cambió.

—¿Quién hizo esto?

—Después.

Le entregó una carpeta a Gabriel.

—Notificación de vencimiento anticipado de deuda.

Gabriel hojeó las páginas.

—Esto es imposible.

Rafael señaló una firma.

—Hace cuatro años, cuando Grupo Costa estaba a cuarenta y ocho horas de declararse insolvente, recibió una inversión anónima de cincuenta mil millones.

Gabriel me miró.

—Fue tu familia.

—No.

Tomé la carpeta.

—Fui yo.

El silencio fue absoluto.

La herencia que mis padres me habían dejado estaba administrada mediante Márquez Capital.

Yo había financiado secretamente la recuperación de Grupo Costa porque quería que Gabriel creyera que había levantado su empresa con sus propias manos.

Nunca imaginé que algún día usaría esas mismas manos para ordenar que me golpearan.

Rafael abrió otra página.

—La inversión incluye una cláusula de protección de la beneficiaria.

Violencia, fraude o intento de apropiación de sus activos permitían exigir inmediatamente toda la deuda.

Gabriel se dejó caer sobre el sofá.

Pero Bianca hizo algo extraño.

Corrió hacia el escritorio.

Cogió su bolso.

—Yo renuncio.

—No tan rápido —dije.

Se quedó inmóvil.

Rafael dejó una segunda carpeta.

Durante seis meses, alguien había transferido dinero de Grupo Costa a Salcedo Consulting.

Más de ochocientos millones.

La propietaria era Bianca.

—¡Gabriel me autorizó! —gritó ella.

Gabriel levantó la cabeza.

—Nunca.

Por primera vez, le creí.

Rafael deslizó varias autorizaciones sobre la mesa.

Todas llevaban la firma digital de Gabriel.

Sin embargo, habían sido creadas desde mi computadora privada.

—¿Cómo entraste en mi estudio? —pregunté.

Bianca retrocedió.

Entonces uno de los guardaespaldas que me había golpeado bajó la mirada.

—Señora…

Gabriel giró hacia él.

—Habla.

—La señorita Salcedo tenía una llave.

Bianca salió corriendo.

Rafael hizo una señal y dos hombres bloquearon la puerta.

A las 4:37 de la mañana, los bancos habían suspendido las operaciones de Grupo Costa.

A las 5:11, Gabriel ya no controlaba el consejo.

Pero Rafael todavía guardaba una última noticia.

—Isabel, encontramos algo durante la auditoría.

Me entregó una fotografía tomada meses antes.

Bianca aparecía entrando en la sede de Márquez Capital.

No estaba sola.

A su lado caminaba mi padre.

El hombre cuyo funeral había celebrado hacía once años.

En el reverso había una fecha de hacía apenas seis meses.

Y una frase escrita con su letra:

“Cuando Gabriel destruya el matrimonio, Isabel finalmente estará preparada para saber por qué Grupo Costa tuvo que ser salvado.”

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