Marcos llegó a las nueve de la mañana.
Traía café.
Ni flores.
Ni ropa para los bebés.
Café.
Entró mirando el teléfono.
—Lucía, perdona lo de ayer. Viviana necesitaba—
Entonces vio las dos cunas.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Leo y Alma nacieron ayer a las seis y catorce.
El vaso se le resbaló de la mano.
—¿Por qué no me llamaste?
Lo miré fijamente.
—Te llamé siete veces.
Marcos palideció.
Detrás de mí, mi abuelo cerró lentamente el periódico.
—Así que usted es el padre.
Marcos lo reconoció inmediatamente.
Todo el mundo financiero conocía a Augusto Laurent.
—Señor Laurent…
Después me miró.
—Lucía, ¿qué hace él aquí?
Mi abuelo respondió:
—Visitar a mi nieta.
El rostro de Marcos perdió el color.
—¿Tu… abuelo?
No expliqué nada.
Ya había pasado tres años explicándome demasiado.
Entonces entró el abogado.
Colocó dos carpetas sobre mi mesa.
Una contenía la solicitud de divorcio.
La otra, algo que ni siquiera yo esperaba.
—Lucía —dijo—, revisamos la documentación del hospital a petición del señor Laurent.
Sacó un informe.
Viviana no había acudido únicamente a un control prenatal.
Su tratamiento estaba siendo pagado por el Fondo Materno Aurora Laurent.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
El abogado me mostró la solicitud de ayuda.
Responsable económico adicional: Marcos Vidal.
Debajo figuraba una declaración.
Padre del bebé.
Miré a Marcos.
—Así que finalmente tenemos respuesta.
—Lucía, escucha—
—¿Es tu hijo?
Marcos guardó silencio.
Eso bastó.
Pero el abogado todavía no había terminado.
—Hay un problema.
La solicitud había sido presentada seis meses antes.
Para conseguir cobertura prioritaria, alguien había declarado que Viviana era esposa legal de Marcos.
Y había adjuntado un certificado matrimonial.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Eso es imposible.
El abogado giró el documento.
Mi matrimonio con Marcos aparecía registrado como anulado.
Fecha:
ocho meses atrás.
—Yo nunca firmé una anulación.
Marcos retrocedió.
—Yo tampoco.
Por primera vez desde que entró, parecía sinceramente aterrorizado.
Mi abuelo tomó el documento.
—Entonces alguien falsificó ambas firmas.
En ese momento mi teléfono sonó.
Era Carmen, mi suegra.
Contesté en altavoz.
—Lucía, Marcos debe venir inmediatamente. Viviana está llorando. Después podéis discutir lo vuestro.
Augusto me quitó suavemente el teléfono.
—Señora Vidal, soy Augusto Laurent.
Silencio absoluto.
—A partir de ahora —continuó—, cualquier asunto relacionado con mi nieta y sus bisnietos pasará por sus abogados.
Carmen tardó varios segundos en responder.
—¿Su… nieta?
Entonces escuchamos a Viviana gritar al fondo:
—¡Cuelga!
Demasiado tarde.
Mi abuelo entrecerró los ojos.
—Esa mujer sabía quién eras.
Miré a Marcos.
Él negó lentamente.
—Yo jamás se lo dije.
El abogado abrió el último documento.
—No necesitaba que usted se lo dijera.
Era una transferencia realizada siete años atrás.
Desde una cuenta perteneciente a Viviana Cruz.
Hacia el hombre que había ayudado a falsificar los documentos que provocaron mi ruptura con la familia Laurent.
Dejé de respirar.
Siete años.
Mucho antes de conocer a Marcos.
Mi abuelo me miró.
—Lucía, creo que Viviana no regresó por tu marido.
Hizo una pausa.
—Creo que llevaba siete años buscándote a ti.
