PARTE 2: EL PACIENTE QUE MARCUS ME HABÍA OCULTADO

David me llevó hasta una pequeña sala de consulta y cerró la puerta.

—Marcus está vivo —dijo inmediatamente.

Las piernas casi me fallaron.

—Entonces dime dónde está.

David tragó saliva.

—En oncología.

No entendí.

—¿Operando?

Negó lentamente.

—Como paciente.

El mundo pareció detenerse.

Dejé la bolsa del almuerzo sobre una silla.

—No.

—Se lo diagnosticaron hace once meses.

Once meses.

Acción de Gracias.

Nuestro aniversario.

El cumpleaños de nuestra hija.

Todas aquellas noches.

—¿Cáncer?

—Leucemia mieloide aguda.

Me cubrí la boca.

—¿Por qué no me lo dijo?

David bajó la mirada.

—Porque al principio creyó que el tratamiento funcionaría.

—¿Y ahora?

Su silencio respondió.

Abrí la puerta y corrí.

Encontré a Marcus en una habitación privada.

No llevaba bata de cirujano.

Llevaba una bata de paciente.

Estaba más delgado de lo que yo había querido admitir.

Cuando me vio, cerró los ojos.

—David te lo contó.

—Once meses, Marcus.

Mi voz se quebró.

—Me dejaste creer que estabas trabajando.

—Muchas noches estaba trabajando.

—¿Y las demás?

—Quimioterapia.

Sentí rabia y terror al mismo tiempo.

—Nuestra hija pensó que preferías este hospital a verla cumplir ocho años.

Marcus empezó a llorar.

—Estuve aquí recibiendo una transfusión.

Aquello me destruyó.

Me senté junto a él.

—¿Cuánto tiempo?

—Los médicos dicen que necesito un trasplante.

—Entonces encontramos un donante.

Marcus miró hacia la ventana.

—Ya lo encontraron.

La puerta se abrió.

David entró con una carpeta.

—Hay algo que Marcus tampoco sabe.

Él frunció el ceño.

David dejó los resultados sobre la cama.

—Repetimos la búsqueda internacional esta mañana.

Había una compatibilidad casi perfecta.

—¿Quién? —pregunté.

David dudó.

—Una mujer llamada Rebecca Hale.

Marcus quedó inmóvil.

Yo conocía ese nombre.

Era su hermana mayor.

La mujer que oficialmente había muerto diecisiete años atrás en un incendio.

—Eso es imposible —susurró Marcus.

David sacó otra hoja.

—No solo está viva. Se registró como donante hace seis meses usando tu número de expediente.

Marcus palideció.

—Nadie fuera de este hospital conoce ese número.

—Alguien sí.

David deslizó una fotografía sobre la cama.

Una cámara de seguridad mostraba a Rebecca entrando al hospital tres noches antes.

Pero no venía sola.

Junto a ella caminaba un hombre.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—Marcus…

Él observó la fotografía.

—¿Qué?

Señalé al hombre.

—Ese es mi padre.

Marcus me miró confundido.

—Tu padre murió antes de que nos conociéramos.

—Eso creía.

David cerró la puerta con llave.

—Hay algo más.

Abrió el expediente de Marcus.

—La enfermedad no apareció espontáneamente.

Marcus levantó lentamente la mirada.

—¿Qué significa eso?

David respiró hondo.

—Que encontramos indicios de exposición prolongada a una sustancia tóxica.

Sentí frío.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Aproximadamente un año.

Marcus y yo nos miramos.

Exactamente el tiempo que llevaba tomando los suplementos que alguien dejaba cada mes en nuestro buzón con el logotipo del hospital.

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