El clic fue seguido por un zumbido.
Una sección del panel inferior se desplazó apenas unos milímetros.
Richard dejó de reír.
Alexander se levantó de golpe.
—Todos fuera.
Nadie obedeció al principio.
—¡AHORA!
Los invitados abandonaron la oficina.
Elena corrió hacia Sofie.
—Cariño, ¿cómo hiciste eso?
La niña señaló la pequeña unión.
—Mamá me enseñó.
Elena palideció.
—Yo nunca…
Sofie negó con la cabeza.
—No tú.
Sacó del bolsillo una fotografía doblada.
—La otra mamá.
Elena dejó caer el trapeador.
Alexander tomó la fotografía.
Mostraba a una mujer joven sosteniendo a una bebé frente a aquella misma bóveda.
La mujer era idéntica a Elena.
Excepto por una cicatriz sobre la ceja.
—¿Quién es ella? —preguntó Alexander.
Elena parecía incapaz de respirar.
—Mi hermana, Lucía.
—¿Dónde está?
—Murió hace tres años.
Sofie tiró suavemente de la manga de Alexander.
—No está muerta.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Por qué dices eso?
—Porque vino a verme.
Elena se arrodilló.
—Sofie, ¿cuándo?
—Cuando tú estabas trabajando.
Alexander volvió hacia la bóveda.
El panel secreto había dejado al descubierto un segundo lector biométrico.
No estaba conectado al sistema principal.
Richard regresó desde el pasillo.
—Alexander, ¿qué demonios sucede?
Alexander levantó la fotografía.
Richard perdió el color.
Eso fue suficiente.
—Tú conocías a esta mujer.
—No.
—Acabas de mentirme.
Sofie se acercó nuevamente al mecanismo.
—La señora dijo que pusiera mi dedo aquí si algún día conocía al hombre de los ojos grises.
Alexander se quedó inmóvil.
Él tenía los ojos grises.
—¿Qué señora?
—La otra mamá.
Antes de que Elena pudiera detenerla, Sofie presionó el lector.
Una luz verde apareció.
IDENTIDAD CONFIRMADA.
Elena soltó un grito ahogado.
La puerta de titanio comenzó a abrirse.
Dentro no había dinero.
Ni joyas.
Ni documentos empresariales.
Había fotografías.
Expedientes médicos.
Y decenas de grabaciones.
Alexander tomó la primera carpeta.
En la portada decía:
PROYECTO SOFÍA — SUJETO 02.
—¿Sujeto? —susurró Elena.
Richard intentó arrebatarle la carpeta.
Alexander lo empujó.
Dentro encontró una prueba genética.
Leyó una línea.
Después otra.
Su rostro se volvió completamente blanco.
—Esto es imposible.
Elena tomó el documento.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
Levantó lentamente los ojos hacia Alexander.
—¿Qué significa esto?
Él no pudo responder.
Sofie observaba a ambos sin comprender.
Entonces una pantalla dentro de la bóveda se encendió automáticamente.
Apareció Lucía.
Viva.
Más delgada.
Asustada.
La grabación tenía fecha de hacía solo cuatro días.
—Alexander —dijo la mujer desde la pantalla—, si Sofie consiguió abrir esto, significa que finalmente la encontraste.
Elena empezó a llorar.
Pero Lucía todavía no había terminado.
—No confíes en Richard. Y, sobre todo, no permitas que se lleven otra vez a Sofie.
Alexander giró lentamente.
Richard ya no estaba en la habitación.
Entonces escucharon el ascensor cerrarse.
Y Sofie preguntó con absoluta inocencia:
—Mamá… ¿por qué ese señor se llevó mi mochila?
