Abrí la carpeta.
La primera hoja era una lista.
Habitación planta baja: Amparo.
Habitación principal: Sergio y Marta.
Cuarto pequeño: Iván.
Debajo aparecían gastos mensuales que supuestamente pagaríamos Daniel y yo.
Agua.
Electricidad.
Comida.
Incluso medicamentos de Amparo.
Pero lo que me heló fue la última línea:
Copias de llaves: cinco.
Levanté la mirada.
—¿Ya habías planeado todo?
Daniel respiró hondo.
—Pensé que, cuando todos estuvieran instalados, no tendrías corazón para echarlos.
Mi padre dio un paso hacia él.
—¿Pretendías meterlos mientras Lucía estaba en el hospital dando a luz?
Daniel no respondió.
Respuesta suficiente.
Cerré la carpeta.
—Todos fuera.
Carmen abrió mucho los ojos.
—¿También nosotros?
—Especialmente ustedes.
Rafael empezó a gritar sobre familia y respeto.
No discutí.
Esa misma tarde llamé a un cerrajero y cambié todas las cerraduras.
Daniel observó el trabajo con los brazos cruzados.
—Estás exagerando.
—Quizá.
—¿Y ahora ni siquiera confiarás en tu marido?
Lo miré.
—Correcto.
Aquella noche durmió en otro lugar.
A la mañana siguiente encontré algo debajo de la puerta.
Un sobre de la empresa de seguridad.
Dentro había una factura emitida tres semanas antes.
Cinco llaves electrónicas adicionales.
Sentí que el bebé se movía.
Llamé inmediatamente.
—Esas llaves fueron canceladas ayer —me explicó el técnico—. Pero hay algo extraño.
—¿Qué?
—Una de ellas ya había sido utilizada.
Revisamos el registro.
Habían entrado en mi casa cuatro veces mientras yo estaba en consultas médicas.
La cámara del recibidor había sido desconectada exactamente durante esos periodos.
Mi padre llegó veinte minutos después.
Registramos cada habitación.
Nada parecía faltar.
Hasta que mamá abrió el armario del futuro cuarto del bebé.
Detrás de unas cajas había otra carpeta.
No era negra.
Era roja.
Dentro encontré una tasación de la casa, fotografías de cada habitación y una solicitud bancaria.
En la parte inferior aparecía mi nombre.
Y una firma que se parecía demasiado a la mía.
—Yo nunca firmé esto.
Papá leyó el documento dos veces.
—Están intentando pedir un préstamo usando la casa como garantía.
Sentí náuseas.
El solicitante era Daniel.
Pero el dinero no iba a su cuenta.
El beneficiario figuraba como una empresa llamada RJM Desarrollo Familiar.
Busqué el registro mercantil.
Rafael José Mendoza.
Mi suegro.
Entonces escuchamos una llave intentando girar en la puerta principal.
Una vez.
Dos.
Tres.
La cerradura nueva resistió.
Miré la cámara desde el teléfono.
Daniel estaba afuera.
Pero no estaba solo.
Junto a él había un hombre con traje y maletín.
Mi padre reconoció inmediatamente el logotipo.
—Es un notario.
Abrí el intercomunicador.
—¿Qué haces aquí?
Daniel levantó la vista hacia la cámara.
—Lucía, abre. Tenemos que corregir un problema con la escritura antes de que nazca el bebé.
El hombre del maletín se inclinó hacia Daniel.
Y el micrófono captó algo que ninguno de los dos esperaba que oyéramos.
—Si ella no firma hoy, su padre perderá el terreno mañana.
Miré a papá.
Él palideció.
—¿Qué terreno?
Entonces comprendimos que mi casa nunca había sido el único objetivo.
