Eleanor dejó las manos sobre los apoyabrazos y contempló el salón.
—Desde aquí puedo ver quién sonríe de verdad y quién solo está esperando su turno para ser visto.
Lily no supo qué contestar.
—¿Quieres volver con Sophia? —preguntó.
—Sí. Es mi amiga.
—Entonces vamos juntas.
Al regresar, un hombre con esmoquin se acercó a Eleanor.
—Señora Whitmore, la hemos estado buscando. La familia la espera en la mesa principal.
Lily miró a la anciana.
—¿Whitmore?
Eleanor sonrió.
—El apellido de mi esposo. Soy la abuela del novio.
De pronto, Lily entendió por qué los empleados se apartaban para dejarles paso y por qué varios invitados se habían quedado callados al verla.
No cambió su manera de sostener la silla.
—¿Le gustaría que la llevara con ellos?
—Me gustaría que te quedaras conmigo.
—Vine por Sophia.
—Y por eso mismo quiero conocerte.
Antes de que Lily pudiera responder, una copa cayó al suelo cerca de la pista. El jugo salpicó el vestido amarillo y la mancha se extendió sobre la tela.
Alguien soltó una risita.
—Ahora sí combina con la decoración —murmuró una invitada.
Eleanor giró la silla hacia ella.
—¿Le parece gracioso?
La mujer perdió la sonrisa.
—Solo era una broma.
—Entonces debería haber sido divertida.
El silencio se extendió alrededor de la mesa.
Un maestro de ceremonias subió al escenario y anunció que Eleanor Whitmore, fundadora de la organización que había financiado la restauración del salón, quería decir unas palabras.
Ella miró a Lily.
—¿Me acompañas?
Lily dudó. No quería robarle atención a Sophia en su propia boda.
—Solo si puedo volver con ella después.
—Te lo prometo.
La música se detuvo y los invitados se volvieron hacia el escenario. Eleanor habló de la familia, de la bondad y de las personas que ayudaban sin preguntarse qué recibirían a cambio.
Luego llamó a Lily.
La joven avanzó bajo decenas de miradas, con el vestido manchado y la barbilla en alto.
—Esta noche —dijo Eleanor—, alguien a quien muchos de ustedes apenas notaron fue la única persona que se detuvo cuando yo necesitaba ayuda.
Una puerta se abrió al fondo del salón.
Sophia apareció, pálida, con el ramo apretado entre las manos.
—Abuela, no la dejes subir —dijo—. No sabes quién es Lily realmente.
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