El abogado contestó a la primera llamada.
—¿Ya salió de la casa? —preguntó.
—Sí. Está en Logan con Sienna.
—Entonces no toques nada más. El banco ya recibió la orden de preservar las cuentas y el FBI tiene copias de las pruebas.
Miré el mensaje que le había enviado a Arthur: «Disfruta el aeropuerto».
No esperaba respuesta, pero llegó enseguida.
«¿Qué hiciste? Mi tarjeta no funciona».
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Arthur había pasado once años diciéndome que el dinero era suyo. Ahora, por primera vez, tendría que preguntar antes de gastarlo.
Mi abogado me explicó que la casa no estaba a nombre de Arthur, sino dentro de un fideicomiso familiar que yo había creado con la herencia de mi abuela. También me recordó que no podía disponer de los fondos conjuntos sin autorización judicial.
—Por eso presentamos la solicitud de preservación —dijo—. Nadie puede moverlos hasta que se revise el caso.
Entonces recibí una alerta bancaria.
A las 2:41, alguien había intentado transferir cuatro millones de dólares a una cuenta en Zúrich. La operación había sido detenida, pero el formulario llevaba mi firma electrónica.
—Yo no autoricé esto —dije.
Mi abogado guardó silencio un instante.
—La unidad financiera también recibió una copia. Necesitamos verificar cómo consiguieron tu firma.
Abrí el archivo adjunto. La transferencia se había iniciado desde el despacho de Arthur, después de que él saliera de casa.
No había huido solo con una amante y una maleta.
También había intentado dejarme una operación fraudulenta a mi nombre.
A las 3:12, llegó otro mensaje de Sienna.
«Arthur dice que tú robaste el dinero. Tengo pruebas de quién preparó la transferencia. No puedo hablar por teléfono».
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Miré la cámara de seguridad.
Dos agentes federales estaban en el porche.
El abogado seguía en la línea.
—No abras sin verificar sus credenciales —advirtió.
Uno de los agentes levantó una carpeta y mostró su placa a la cámara.
El otro habló con claridad:
—Señora Vance, necesitamos hacerle unas preguntas sobre una transferencia internacional hecha con su firma.
Entonces mi teléfono vibró otra vez.
Sienna había enviado una fotografía.
En ella aparecía Arthur, todavía en el aeropuerto, entregándole un sobre a un hombre que yo reconocía.
Era mi contador forense.
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