Elena me empujó hacia el pasillo de servicio y cerró la puerta a mis espaldas.
—No mires atrás —susurró—. Sigue caminando como si trabajaras aquí.
Me puse la camisa gris sobre la bata y escondí la pulsera del hospital bajo la manga. El uniforme olía a cloro. Cada paso me dolía, aunque todavía no me habían tocado.
Al llegar a la lavandería, escuché voces al otro lado de una puerta entreabierta.
—¿Está lista? —preguntó Beatriz.
—En cuanto la anestesien —respondió Salgado—, nadie hará preguntas hasta que sea demasiado tarde.
Fernanda se rio por lo bajo.
—Por fin dejará de creerse parte de la familia.
Saqué el teléfono y empecé a grabar.
Entonces oí la voz de Diego, firme, sin rastro de enfermedad:
—No quiero que hagan un desastre. Ya pagué suficiente por esta oportunidad.
Me quedé helada.
A través de la rendija, lo vi ponerse de pie de la silla de ruedas. Caminaba sin ayuda mientras se acomodaba el saco.
Elena tenía razón.
No estaba enfermo.
El teléfono vibró en mi mano. La grabación seguía activa.
Beatriz continuó:
—Ana siempre ha sido confiada. Pensó que la cuidábamos.
—Era la mercancía más fácil de convencer —dijo Fernanda.
Tuve que morderme el labio para no hacer ruido.
Guardé el teléfono y avancé hacia la salida de empleados. Una puerta metálica daba al estacionamiento, pero el guardia de recepción me detuvo.
—¿A dónde va?
—A tirar la basura.
Miró mi uniforme, luego mi cara.
Antes de que pudiera pedir identificación, Elena apareció con un carro de lavandería.
—La mandé por sábanas limpias —dijo con voz firme—. El quirófano las necesita.
El guardia se hizo a un lado.
Salí bajo la lluvia y seguí caminando hasta una farmacia abierta. Desde allí llamé al 911, pero una operadora me pidió que esperara.
—Tenemos un reporte de la clínica —dijo—. Su familia afirma que está confundida y que podría hacerse daño.
Miré la puerta de la farmacia.
Un automóvil negro acababa de detenerse enfrente.
Diego bajó. Sin silla de ruedas.
Sin debilidad.
Me buscó entre la lluvia hasta encontrarme.
Luego levantó el teléfono y sonrió.
—Ana —dijo—. Elena ya me contó que saliste.
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