PARTE 2: LA SEGUNDA ORDEN DE OLIVIA HAYES

No habíamos recorrido ni dos calles cuando Nora recibió una llamada.

Su expresión cambió.

—Señorita Olivia, el presidente Caldwell solicita una reunión urgente.

Miré por la ventanilla.

—Recházala.

—Dice que Alexander no conocía las consecuencias de cancelar East River.

Solté una pequeña risa.

Ese era precisamente el problema.

Alexander había pasado siete años creyendo que podía humillarme sin consecuencias.

—Entonces hoy aprendió algo nuevo.

El teléfono de Nora volvió a sonar.

Esta vez era mi padre.

Contesté.

—Papá.

—¿Estás segura?

No necesitó explicar de qué hablaba.

Miré el vestido que mi madre había diseñado.

—Completamente.

Hubo silencio.

Después escuché cuatro palabras.

—Entonces vuelve a casa.

Mis ojos ardieron.

—¿No vas a detenerme?

—Olivia, nunca invertí en los Caldwell porque confiara en ellos.

Su voz se endureció.

—Invertí porque tú amabas a Alexander.

Cerré los ojos.

—Y si dejaste de elegirlo, Hayes Group tampoco tiene razones para hacerlo.

Cuando llegamos a la mansión Hayes, había periodistas frente a las puertas.

Pero alguien más me esperaba.

El presidente de OceanGate.

Ethan Mercer.

El hombre cuya retirada había hecho entrar en pánico a los Caldwell.

Se levantó cuando entré.

—Señorita Hayes.

—Señor Mercer.

Colocó una carpeta delante de mí.

—Hay algo que debería conocer sobre East River.

La abrí.

Encontré transferencias, empresas fantasma y contratos inflados.

Millones habían desaparecido.

—¿Alexander sabía esto?

—No lo sé.

Ethan señaló una firma.

Sofia Lane.

Sentí un escalofrío.

—¿Sofia?

—Regresó del extranjero hace tres meses y desde entonces aparece vinculada a cuatro empresas proveedoras de Caldwell Corporation.

Entonces comprendí algo.

Su regreso no había sido romántico.

Al menos, no solamente.

Antes de poder preguntar más, escuchamos motores afuera.

Alexander había llegado.

Entró sin esperar permiso.

Su traje seguía impecable, pero sus ojos ya no.

—Olivia, tenemos que hablar.

—No tenemos nada.

Dejó el anillo de ocho quilates frente a mí.

—No acepto la cancelación.

Lo miré casi con lástima.

—No necesitas aceptarla.

Alexander apretó los puños.

—East River sostiene miles de empleos.

—Entonces deberías haberlo recordado antes de convertir nuestro compromiso en un espectáculo.

Iba a responder cuando vio a Ethan.

Después vio los documentos.

Su expresión cambió.

—¿Dónde conseguiste eso?

Ethan permaneció sentado.

—La pregunta correcta es por qué Sofia Lane aparece cobrando millones de tu empresa.

Alexander tomó una página.

La leyó.

Luego otra.

—Esto es imposible.

Su teléfono sonó.

Sofia.

Alexander contestó inmediatamente.

—¿Dónde estás?

No pude escuchar su respuesta.

Pero vi desaparecer el color de su rostro.

—¿Qué hiciste?

La llamada terminó.

Alexander me miró.

—Sofia acaba de salir de Northbridge.

—¿Y?

Apretó el teléfono.

—Antes de marcharse transfirió ciento ochenta millones de Caldwell Corporation a una cuenta extranjera.

Ethan negó lentamente.

—No pudo hacerlo sola.

Alexander levantó la vista.

—Lo sé.

Entonces puso sobre la mesa otro documento que acababa de recibir.

Era una autorización bancaria.

Debajo de la firma de Sofia aparecía otra.

La mía.

Una firma perfecta.

Solo había un problema.

Yo jamás había firmado aquel documento.

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