Julian cerró la puerta detrás de él.
—Vivian.
Ni siquiera preguntó cómo estaba.
Sus ojos fueron directamente hacia el bebé.
—Mi abogado me informó del nacimiento.
Intenté incorporarme.
—Sal de aquí.
Julian sonrió.
—También es mi hijo.
El médico se volvió lentamente hacia él.
Y entonces ocurrió algo extraño.
—¿Usted es Julian Vance?
—Sí.
El médico apretó al bebé contra su pecho.
—¿Quién era su padre?
La sonrisa de Julian desapareció.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
El doctor comenzó a llorar otra vez.
—Richard Vance.
Julian quedó inmóvil.
Yo conocía ese nombre.
Su padre había muerto cuando Julian tenía dieciséis años.
El médico miró a mi hijo.
—Trabajé con Richard durante mi residencia.
Su voz temblaba.
—Este bebé tiene la misma marca.
Apartó cuidadosamente la manta.
Debajo de la oreja izquierda de mi hijo había una pequeña mancha rojiza en forma de media luna.
Julian palideció.
—Eso no demuestra nada.
—No —respondió el médico—. Pero explica por qué lo reconocí.
Entonces Julian me miró.
—Haz una prueba de ADN.
Casi me reí.
—Después de meses diciéndole a todos que te engañé, ahora quieres pruebas.
—Quiero saber si es mío.
—No.
Su expresión se endureció.
—Vivian.
—No tienes derecho a entrar aquí dando órdenes.
En ese momento apareció una enfermera.
—Señora Vance, hay dos personas preguntando por usted.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quiénes?
—Un abogado y un investigador federal.
El rostro de Julian cambió.
Había esperado ese momento durante meses.
Saqué fuerzas para sonreír.
—Déjalos entrar.
Julian dio un paso hacia mí.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Lo miré directamente.
—Solo guardé tus documentos.
El abogado entró primero.
Detrás venía un hombre con una carpeta oficial.
—Señor Vance —dijo—, necesitamos hacerle algunas preguntas sobre varias empresas registradas a nombre de terceros.
Julian me miró con odio.
Pero el médico seguía observándolo.
—Hay algo más —dijo.
Todos callaron.
El doctor dejó al bebé cuidadosamente en mis brazos.
Después sacó su teléfono.
—Cuando usted dijo Richard Vance, recordé dónde había visto esa marca por última vez.
Nos mostró una fotografía antigua.
Richard aparecía sosteniendo a dos niños.
Uno era Julian.
El otro parecía casi idéntico.
—¿Quién es ese? —pregunté.
Julian no respondió.
El médico lo hizo.
—El hermano gemelo de Julian.
Sentí un escalofrío.
—Julian nunca tuvo un hermano.
El médico negó lentamente.
—Sí lo tuvo.
Entonces miró al hombre que había sido mi esposo.
—Y según el certificado de defunción que firmé hace veintidós años, el niño que murió aquella noche no fue su hermano.
Julian retrocedió.
El médico terminó la frase.
—Fue Julian.
