A la mañana siguiente, entregué las llaves de mi alojamiento militar.
Solo llevaba dos maletas.
Seis años de matrimonio secreto cabían dentro de ellas.
Cuando llegué al muelle, el vehículo del Hospital General Militar ya me esperaba.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Doctora Evans.
No necesité girarme.
Alexander.
—Comandante Shaw.
Su mandíbula se tensó al escucharme llamarlo así.
—Te dije que cancelaras el traslado.
—Y yo decidí ignorarlo.
Intenté subir al vehículo.
Alexander bloqueó la puerta.
—Elena, basta.
Lo miré con calma.
—Apártese.
—Tenemos que hablar.
—Tuvimos seis años.
Por un instante, vi algo parecido al dolor en sus ojos.
Entonces sacó una carpeta de su uniforme.
—Tu traslado ha sido suspendido.
Mi corazón dio un golpe.
Le arrebaté el documento.
Había una orden oficial.
Pero no estaba firmada por Alexander.
—¿Qué hiciste?
—Solicité una revisión de seguridad.
Lo miré incrédula.
—¿Vas a usar tu cargo para retenerme?
—Voy a impedir que cometas una estupidez.
Casi me reí.
En mi vida anterior, habría confundido aquellas palabras con preocupación.
Ahora sabía reconocer una jaula aunque estuviera decorada como protección.
—Entonces renunciaré.
Alexander quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Si permanecer en la Marina significa permanecer cerca de ti, presentaré mi renuncia hoy.
Su rostro cambió por completo.
—No lo harás.
—Mírame.
Pasé junto a él.
Esta vez no intentó detenerme.
Tres horas después, estaba frente al director del hospital entregando mi solicitud formal.
Pero el anciano almirante ni siquiera tocó el documento.
—Doctora Evans, antes de aceptar esto, debería ver algo.
Abrió un expediente clasificado.
Dentro estaba mi nombre.
También el de Alexander.
Y una fecha de seis años atrás.
El día de nuestra boda.
—¿Qué significa esto?
El almirante guardó silencio.
Luego empujó una fotografía hacia mí.
Mostraba a Alexander saliendo del registro civil conmigo.
Tomada desde lejos.
Alguien nos había estado vigilando.
—Su matrimonio nunca fue tan secreto como usted cree.
Sentí frío.
—¿Quién tomó esto?
—Una organización que intentó asesinar al comandante Shaw tres semanas después de su boda.
Lo miré fijamente.
—¿Alexander lo sabía?
—Sí.
El aire desapareció de mis pulmones.
Entonces comprendí.
Las apariciones públicas con Victoria.
Su negativa a reconocerme.
Los seis años fingiendo que yo no significaba nada.
—¿Victoria era una pantalla?
El almirante no respondió.
En cambio, sacó otro documento.
Era una orden de protección.
Firmada por Alexander.
Seis años atrás.
Pero debajo había una segunda página.
La leí.
Y mis manos empezaron a temblar.
En caso de amenaza directa contra Elena Evans, Alexander tenía prohibido intervenir personalmente.
—No…
Recordé el barco.
Mis llamadas de auxilio.
La noche en que él estaba en la ópera.
Levanté la mirada.
—¿Quién emitió esta orden?
El almirante tardó demasiado en responder.
Finalmente habló.
—Victoria Grant.
Sentí que la sangre se me helaba.
—Ella no tiene autoridad para hacerlo.
—Ahora no.
El almirante cerró lentamente el expediente.
—Pero hace seis años trabajaba para Inteligencia Naval.
Entonces abrió una última página.
Era una fotografía reciente.
Victoria estaba reuniéndose con el mismo hombre que aparecía en el informe del ataque contra mi barco.
Y debajo había una fecha.
Mañana.
El día en que mi traslado debía hacerse efectivo.
