Larkin se detuvo frente a mí.
Durante varios segundos, no dijo nada.
Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello y finalmente mi rostro.
—Woods.
—Señor Steves.
Thomas apareció detrás de él con una sonrisa torcida.
—¿Penelope?
Levanté mi copa.
—Me alegra que todavía me reconozcas.
Su sonrisa desapareció.
Aquello ya habría hecho que los cinco mil dólares valieran la pena.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Un hombre mayor al otro lado del salón me vio.
Su copa quedó suspendida a medio camino de sus labios.
Después inclinó la cabeza hacia mí.
No como un hombre saludando a una secretaria.
Como alguien mostrando respeto.
Otro hombre hizo lo mismo.
Luego otro.
Larkin lo notó.
—¿Los conoces?
—No.
Era verdad.
Pero ellos parecían conocerme.
Thomas soltó una risa incómoda.
—Quizá creen que eres otra persona.
Entonces una voz surgió detrás de nosotros.
—No.
El salón pareció enfriarse.
Un hombre de cabello plateado avanzó acompañado por cuatro guardaespaldas.
Yo conocía su nombre.
Vincent Caruso.
Había visto millones moverse entre empresas relacionadas con él.
Larkin se puso rígido.
—Señor Caruso.
Vincent ni siquiera lo miró.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
—Tienes los ojos de tu madre.
Mi respiración se detuvo.
—¿Conoció a mi madre?
—Conocí a Eleanor Woods antes de que tú nacieras.
Larkin me miró.
Thomas dejó de sonreír por completo.
Mi madre había muerto cuando yo tenía doce años.
Para mí había sido enfermera.
Una mujer tranquila que pagaba las facturas tarde y jamás hablaba de mi padre.
Vincent acercó la mano a su chaqueta.
Los hombres de Larkin reaccionaron inmediatamente.
—Tranquilos —dijo Vincent.
Sacó una fotografía antigua.
Me la entregó.
Mi madre aparecía veinte años más joven.
A su lado había varios hombres que reconocí por fotografías policiales.
Y en el centro estaba el padre de Larkin.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.
—Esto no tiene sentido.
Vincent sonrió sin alegría.
—Tu madre no era enfermera cuando conoció a esos hombres.
Miré a Larkin.
Él estaba pálido.
—¿Tú sabías esto?
—No.
Pero su respuesta llegó demasiado tarde.
Había visto aquella expresión durante tres años.
Larkin Steves estaba mintiendo.
Antes de que pudiera enfrentarlo, todas las luces del salón se apagaron.
Alguien gritó.
Escuché cristales romperse.
Una mano me sujetó por la cintura y me arrastró detrás de una columna.
Reconocí la voz de Larkin junto a mi oído.
—No hagas ningún ruido.
—Suéltame.
—Penelope, escúchame.
Las luces de emergencia se encendieron.
Entonces vi tres puntos rojos moviéndose sobre la pared.
Uno terminó exactamente sobre mi pecho.
Larkin me empujó al suelo.
—¡Ahora saben que está viva!
Me quedé helada.
—¿Quién?
Él sacó una pistola.
—Los hombres que mataron a tu madre.
