No llegué a escuchar cuándo Marcus abandonó la mansión.
Solo recuerdo que, en algún momento, el frío del cemento dejó de importarme.
Mi corazón latía cada vez más despacio.
Entonces, arriba, la música se detuvo.
Primero escuché un golpe.
Después otro.
Y finalmente, el rugido de varios motores entrando en la propiedad Grant.
Abrí los ojos.
Las luces del sótano parpadearon.
Pasos apresurados cruzaron el pasillo.
La puerta metálica se abrió de golpe.
Pensé que Marcus había regresado.
Me equivoqué.
Adrian apareció en la entrada.
Por primera vez en seis años, vi miedo verdadero en su rostro.
—¿Qué hiciste?
Intenté responder, pero apenas salió aire.
Adrian bajó los escalones y se agachó frente a mí.
—Marcus desapareció. Los servidores de Sullivan Group acaban de bloquear todas nuestras líneas de crédito.
Eso consiguió arrancarme una débil sonrisa.
—Llegó…
Adrian palideció.
—¿Qué llegó?
Antes de que pudiera contestarle, un estruendo sacudió la planta superior.
Después llegó una voz.
—¡Señor Grant!
Era uno de los guardias.
—¡Hay hombres entrando por todas las puertas!
Adrian se levantó.
—¿Quiénes?
El guardia apareció en las escaleras, sin aliento.
—Sullivan.
El silencio cayó como una cuchilla.
Adrian me miró.
Entonces comprendió.
—Tu familia rompió contigo.
—Eso… era lo que necesitaba que creyeras.
Unos pasos lentos comenzaron a descender.
No eran los pasos nerviosos de Marcus.
Eran firmes.
Controlados.
Familiares.
Adrian retrocedió.
Mi padre apareció primero.
Henry Sullivan había envejecido desde la última vez que lo vi.
Pero sus ojos seguían siendo exactamente iguales.
Detrás de él venía Nathan.
Mi hermano no miró a Adrian.
Me miró a mí.
Y su rostro perdió todo color.
—Sofía…
Mi padre bajó hasta quedar junto a mi cuerpo.
Sus manos temblaron cuando vio la sangre.
Nunca había visto temblar aquellas manos.
—Papá…
Henry cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.
Se puso de pie lentamente y miró a Adrian.
—Hace seis años, mi hija me obligó a prometer que jamás destruiría al hombre que eligió.
Adrian tragó saliva.
Henry sacó el colgante de jade de su bolsillo.
Estaba manchado con mi sangre.
—Esta noche retiró esa protección.
Nathan finalmente giró hacia Adrian.
—Y hay algo más que deberías saber.
Sacó su teléfono.
En la pantalla aparecía una transferencia firmada seis años atrás.
Adrian miró la cifra y dejó de respirar.
Nathan habló con una calma aterradora.
—La inversión anónima que salvó Grant Corporation de la quiebra nunca vino de tu padre.
Levantó los ojos.
—Vino de Sofía.
Y esta mañana, antes de que la golpearan, ella seguía siendo propietaria secreta del cincuenta y uno por ciento de tu empresa.
Adrian se volvió hacia mí.
Pero Nathan todavía no había terminado.
—La pregunta es por qué Sofía transfirió esas acciones ayer.
