PARTE 2: Las gotas no eran vitaminas

—Maya, esto no puede volver a entrar en contacto con la niña —dijo el toxicólogo.

Maya observó el resultado.

La concentración detectada explicaba por qué Sophie llevaba semanas enfermando.

Pero había algo todavía más inquietante.

Alguien había colocado deliberadamente una etiqueta infantil sobre aquel frasco.

Maya llamó inmediatamente al equipo de protección infantil del hospital.

Después pidió repetir los análisis de Sophie y documentar cada medicamento que había recibido desde su ingreso.

Cuando regresó a la habitación, Mark estaba junto a la cama.

Rachel también.

Sostenía otro frasco oscuro.

—Llegas justo a tiempo —dijo Rachel sonriendo—. Sophie necesita sus vitaminas.

Maya cerró la puerta.

—No se las des.

La sonrisa desapareció.

—¿Perdón?

—Entrégame el frasco.

Rachel lo apretó entre los dedos.

—Son solamente suplementos.

—Entonces no tendrás ningún problema en entregármelos.

Mark miró de una mujer a otra.

—Rachel.

Finalmente ella dejó el frasco sobre la mesa.

Sophie se escondió bajo la manta.

Aquello bastó para que Mark lo notara.

—Cariño, ¿qué pasa?

Sophie comenzó a llorar.

—No quiero tomarlas.

Rachel dio un paso hacia ella.

—Sophie, hemos hablado de esto.

Maya se interpuso.

—No se acerque.

En ese momento entraron dos miembros de seguridad del hospital junto con una trabajadora social.

Rachel palideció.

—¿Qué está pasando?

Maya no respondió a preguntas que correspondían a una investigación.

Solo explicó que Sophie permanecería ingresada y que las sustancias habían sido enviadas para análisis.

Mark parecía incapaz de respirar.

—¿Estás diciendo que alguien estaba enfermando a mi hija?

—Estoy diciendo que encontramos una sustancia preocupante en el frasco y necesitamos determinar cómo llegó allí.

Rachel agarró su bolso.

—Esto es absurdo.

Intentó marcharse.

Pero Sophie habló.

—Papá…

Mark corrió hacia ella.

—Estoy aquí.

—Rachel tiene más botellas.

Rachel se detuvo.

—Sophie.

La niña se estremeció.

—En mi cuarto nuevo.

Mark perdió el color.

Horas después, las autoridades registraron la información aportada por la familia y comenzaron a preservar posibles pruebas.

Entonces Maya recibió los nuevos resultados.

Sophie mostraba exposición repetida.

No parecía un único accidente.

Pero otra prueba llamó su atención.

Había muestras antiguas conservadas del primer ingreso de Sophie, seis semanas atrás.

La exposición ya estaba presente entonces.

Maya revisó las fechas.

Rachel había estado fuera de Seattle durante aquella semana.

—Eso no encaja —susurró.

El teléfono de Mark sonó.

Era un mensaje enviado desde una cuenta desconocida.

Contenía una fotografía de Sophie dormida tomada meses antes.

Debajo aparecía una frase:

“Pregúntale a Rachel quién le enseñó a preparar las gotas.”

Mark levantó lentamente la mirada.

Rachel estaba sentada al otro lado del pasillo, acompañada por un investigador.

—¿Quién podría haberle enseñado?

Rachel comenzó a llorar.

—Yo nunca quise hacerle daño.

Mark avanzó, pero Maya lo detuvo.

—Entonces dinos la verdad —dijo él.

Rachel cerró los ojos.

—Las gotas no eran idea mía.

—¿De quién?

Rachel miró hacia Sophie.

—De alguien que sabía exactamente qué síntomas producirían.

Después miró a Mark.

—Alguien que conocía a Sophie desde antes de que muriera su madre.

Mark quedó inmóvil.

—¿Quién?

Rachel pronunció un nombre.

Y Maya vio cómo toda la sangre desaparecía del rostro de Mark.

—Eso es imposible —susurró él—. Esa persona murió en el mismo accidente que mi esposa.

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