El vaso golpeó los escalones y se rompió.
Lily no se movió. Sostuvo la sombrilla sobre Adrien con ambas manos, aunque el viento intentaba arrebatársela.
—Señorita, vuelva adentro —ordenó uno de los guardias.
Adrien levantó una mano. El hombre se detuvo.
Salí corriendo bajo la lluvia.
—Lily, ¿qué haces? Ven conmigo.
Ella me miró, confundida.
—Pero se está mojando.
Adrien seguía sentado, con los ojos fijos en mi hija. El agua le corría por la cara, pero ahora sabía que no era solo la lluvia.
—¿Quién te enseñó esa frase? —preguntó.
—Nadie. Te vi triste.
Él cerró los ojos. Durante unos segundos, el jefe más temido de Chicago pareció incapaz de respirar.
—Mi hija decía lo mismo —murmuró—. Cuando era pequeña, me cubría con su paraguas amarillo cada vez que volvía empapado de trabajar.
Miré a Lily. Ella bajó la sombrilla un poco para que también cubriera a Adrien.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
Adrien no respondió enseguida.
—Murió hace seis años.
Un guardia se acercó con una toalla, pero Adrien ni siquiera la miró. Solo contemplaba el conejo de peluche que Lily llevaba bajo el brazo.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
—Lily.
La expresión de Adrien se quebró otra vez. Se levantó con cuidado y, por primera vez desde que yo trabajaba en la mansión, se inclinó hasta quedar a la altura de una niña.
—Gracias por no dejarme solo bajo la lluvia.
Lily le ofreció el paraguas.
—Puedes quedártelo.
—No —dijo él, con una sonrisa temblorosa—. Lo vamos a compartir.
Nos hizo pasar por la entrada principal. Los guardias se apartaron sin hacer preguntas. En el vestíbulo, Adrien ordenó que trajeran ropa seca y algo caliente para Lily.
Yo iba a protestar cuando su teléfono vibró. Leyó el mensaje y se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Giró la pantalla hacia mí. Era una fotografía tomada desde la calle: Lily bajo la sombrilla, junto a Adrien.
Debajo, un mensaje de un número desconocido:
«La encontramos. Dile a Voss que ya sabemos quién es la niña».
Adrien levantó la mirada.
—María, ¿quién es el padre de Lily?