—Érica.
Jason pronunció el nombre tan bajo que casi nadie lo escuchó.
Su esposa sí.
—¿Qué pasa?
Jason señaló la televisión.
Las imágenes mostraban el autobús volcado mientras yo ayudaba a una mujer herida a cruzar la nieve.
Pero Jason no estaba mirándome.
Miraba a la paramédica que aparecía detrás de mí.
Érica Dawson.
Mi padre frunció el ceño.
—¿La conoces?
—No.
Jason respondió demasiado rápido.
Mientras tanto, en la base, Álvarez dejó su teléfono sobre mi escritorio.
—Mayor, alguien del hospital pregunta por usted.
—¿Walt?
Negó.
—Una paramédica llamada Érica Dawson.
Tomé la llamada.
Su voz temblaba.
—Mayor, necesito hablar con usted sobre el accidente.
—¿Hay algún herido que empeoró?
—No.
Hizo una pausa.
—Se trata de su familia.
Me quedé inmóvil.
Érica explicó que, semanas antes, había atendido una emergencia relacionada con Jason.
Nada grave.
Pero durante aquel incidente había encontrado documentos dentro de su vehículo.
Fotografías.
Credenciales.
Copias de expedientes militares.
Todos relacionados conmigo.
—¿Por qué tendría Jason mis expedientes?
—Eso quería preguntarle.
Mi cansancio desapareció.
Érica continuó:
—Esta noche, cuando vi su nombre en las noticias, entendí que era usted.
Me envió tres fotografías.
En la primera aparecía mi historial de destinos.
En la segunda, evaluaciones internas.
En la tercera había una lista de fechas.
Ascensos.
Condecoraciones.
Operaciones.
Y junto a varias aparecía el nombre de Jason.
Sentí un frío distinto al de la tormenta.
Entonces recordé la llamada de mi padre.
“No vengas este año.”
¿Realmente quería proteger el orgullo de Jason?
¿O Jason necesitaba asegurarse de que yo estuviera lejos?
—¿Dónde están los documentos originales? —pregunté.
Érica respiró hondo.
—Los entregué a las autoridades correspondientes.
Miré nuevamente las fotografías.
Una página tenía una anotación manuscrita:
“Si ella aparece en Navidad, preguntarán demasiado.”
Mi teléfono vibró.
Papá.
Esta vez contesté.
Durante varios segundos solo escuché su respiración.
—Vi las noticias —dijo finalmente.
—Yo también.
—Hiciste algo increíble.
No respondí.
Entonces pregunté:
—¿Por qué Jason tenía documentos sobre mi carrera?
Silencio.
Largo.
Pesado.
—¿Quién te dijo eso?
Ahí tuve mi respuesta.
Mi padre ya lo sabía.
—Papá.
Mi voz salió tranquila.
—¿Qué hicieron?
Escuché movimiento al otro lado.
Después la voz de Jason:
—Cuelga.
Mi padre no lo hizo.
—Hay algo que nunca te contamos.
Cerré los ojos.
—Habla.
—El ascenso de Jason no era completamente suyo.
Abrí los ojos.
—¿Qué significa eso?
Mi padre tragó saliva.
—Hace seis meses, Jason empezó a presentarse ante ciertas personas como parte de tu círculo profesional. Utilizó tu nombre para conseguir reuniones, contratos y recomendaciones.
Sentí que el estómago se me endurecía.
—Yo nunca lo autoricé.
—Lo sé.
Entonces Jason arrancó el teléfono de sus manos.
—No entiendes nada.
Su voz había perdido toda seguridad.
—Si vienes a casa, destruirás todo.
—Jason, ¿qué hiciste?
Silencio.
Luego escuché una puerta cerrarse.
Y mi padre gritó desde lejos:
—¡Dile la verdad sobre Érica!
Jason dejó de respirar.
Yo también.
—¿Qué tiene que ver ella?
Cuando respondió, su voz apenas era un susurro.
—Érica no encontró esos documentos por accidente.
Miré hacia la ventana cubierta de nieve.
—Entonces ¿por qué los tenía?
—Porque estaba investigándome.
—¿Por qué?
Jason tardó varios segundos.
—Porque alguien falsificó tu firma para conseguir mi ascenso.
Y entonces entendí por qué mi padre realmente no quería que regresara aquella Navidad.
