Agarré a Mercer por la camisa.
—¿Dónde está mi tercer hijo?
—Rowan, si te lo digo, Claire sabrá que hablé.
—Claire debería preocuparte menos que yo.
Mercer tragó saliva.
Luego abrió una caja fuerte detrás de su escritorio.
Sacó una carpeta médica.
—Megan no esperaba gemelos.
Dejó una ecografía frente a mí.
Tres fetos.
Sentí que el aire desaparecía.
—Trillizos.
—Sí.
Mercer explicó que Megan entró en trabajo de parto prematuro ocho meses después de que yo la expulsara.
Noah y Lucas sobrevivieron.
El tercer bebé nació con complicaciones respiratorias.
—¿Murió?
Mercer negó lentamente.
—Eso fue lo que le dijeron a Megan.
Mis manos se cerraron.
—¿Quién?
—Una enfermera recibió dinero para alterar el expediente.
Sacó una fotografía.
Mostraba a Claire entrando en una clínica privada dos días después del parto.
No estaba sola.
El hombre junto a ella hizo que mi sangre se congelara.
Victor Bellamy.
Mi tío.
El hombre que había dirigido los asuntos internos de la familia desde que murió mi padre.
—Victor ayudó a Claire desde el principio —dijo Mercer—. Las cuentas falsas, las fotografías, el collar… todo.
—¿Por qué?
—Porque Megan descubrió algo.
Mercer deslizó otro documento hacia mí.
Antes del divorcio, Megan había encontrado transferencias millonarias desde mis empresas hacia compañías controladas secretamente por Victor.
Intentó advertirme.
Claire necesitaba convertirla en una mentirosa antes de que pudiera demostrarlo.
Entonces entendí aquella mirada junto a la carretera.
Megan no sentía lástima por sí misma.
La sentía por mí.
Yo había vivido un año junto a las personas que me estaban robando.
—¿Dónde está el bebé?
Mercer respiró hondo.
—No lo sé.
Me levanté.
—Respuesta equivocada.
—¡Espera!
Sacó una última fotografía.
Era reciente.
Un niño rubio de aproximadamente un año estaba sentado sobre una manta.
Tenía mis ojos.
Y alrededor del cuello llevaba una pequeña cadena Bellamy.
—Esta foto llegó hace tres semanas.
Le di la vuelta.
Había una dirección escrita detrás.
Una propiedad rural perteneciente a una fundación infantil.
La presidenta de aquella fundación era Claire Whitmore.
Mi teléfono vibró.
Claire.
Contesté sin decir nada.
—Cariño —dijo dulcemente—, ¿dónde estás?
Miré la fotografía.
—Trabajando.
—¿Sigues pensando en Megan?
—No.
Mentí con la misma facilidad con que ella me había mentido durante un año.
—Nos vemos en casa.
Colgué.
Después marqué otro número.
—Encuentren a Megan.
Mercer palideció.
—Rowan, hay algo más.
Me detuve.
—¿Qué?
Señaló la fecha de la fotografía.
—Mira cuándo fue tomada.
La observé.
Era de hacía cuatro días.
—¿Y?
—Megan recibió una copia exactamente igual.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Entonces ya sabe que su hijo está vivo.
—Sí.
Mercer negó con la cabeza.
—Y por eso estaba caminando por aquella carretera cuando la encontraste.
—No entiendo.
—No estaba recogiendo latas para sobrevivir.
Sacó un mapa y señaló un punto situado pocos kilómetros más adelante.
La fundación de Claire.
—Megan llevaba diez años investigando familias poderosas antes de conocerte.
Lo miré fijamente.
Mercer bajó la voz.
—Tu exesposa no caminaba sin rumbo, Rowan.
—¿Entonces qué hacía?

—Estaba yendo a recuperar a su tercer hijo.
Hizo una pausa.
—Y llevaba dos días esperando que tú aparecieras.