La persona al teléfono era el notario que había gestionado la herencia de mi padre.
—Sofía, ¿estás segura?
Miré alrededor.
—Completamente.
Aquella casa nunca había pertenecido a Mauricio.
Mi padre la compró antes de morir y la dejó exclusivamente a mi nombre.
Mauricio pagaba servicios.
Yo pagaba impuestos, mantenimiento y reparaciones.
Pero durante seis años él había repetido “nuestra casa” tantas veces que su familia terminó creyéndolo.
Aquella misma tarde cambié las cerraduras.
Después llamé al banco.
El retiro de mis ahorros había sido realizado desde una cuenta conjunta que Mauricio me convenció de abrir meses atrás.
Legalmente recuperarlo no sería tan sencillo.
Así que bloqueé cualquier movimiento futuro y separé mis ingresos.
Luego contraté una empresa de mudanzas.
No tiré nada.
No destruí nada.
Cada camisa de Mauricio, cada vestido de Estela y cada caja de Fernanda quedó inventariada, fotografiada y trasladada a un almacén.
El séptimo día recibí una llamada desde París.
Mauricio.
No contesté.
Después llegó un mensaje:
“Necesitamos otros 6.000 euros. Transfiérelos.”
Me reí.
Respondí únicamente:
“No.”
Treinta segundos después llamó Estela.
Luego Fernanda.
Luego Mauricio otra vez.
Bloqueé los tres números.
El décimo día estacioné mi coche frente a la casa y esperé.
A las siete y dieciséis apareció el taxi.
Fernanda bajó primero, cargada de bolsas.
—¡Por fin!
Mauricio arrastró dos maletas hacia la entrada.
Introdujo su llave.
No giró.
Probó otra vez.
Después golpeó la puerta.
—¡Sofía!
Abrí desde dentro.
Los tres se quedaron inmóviles.
La sala estaba completamente distinta.
Sus fotografías habían desaparecido.
Sus muebles también.
Mauricio me miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Qué hiciste?
—Recuperé mi casa.
Estela avanzó furiosa.
—¡Esta también es la casa de mi hijo!
Le entregué una carpeta.
—No.
Mauricio abrió los documentos.
Su expresión cambió.
Escritura.
Testamento.
Inventario de sus pertenencias.
Dirección del almacén.
Y finalmente, una solicitud de divorcio.
—¿Por un viaje? —preguntó.
Lo miré.
—Por seis años creyendo que mi trabajo, mi dinero y mi casa eran derechos tuyos.
Fernanda levantó su teléfono para grabarme.
—Esto va a quedar precioso en redes.
Sonreí.
—Perfecto. Graba también esto.
Saqué el extracto bancario.
—Porque mañana presentaré formalmente la reclamación por el dinero que sacaron.
Mauricio palideció.
Pero Estela reaccionó de una manera extraña.
No miró el extracto.
Miró la escritura.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Es mi escritura.
—No puede ser.
Su voz tembló.
Mauricio se volvió hacia ella.
—Mamá, ¿qué pasa?
Estela intentó arrebatarme la carpeta.
La aparté.
Entonces vi algo que antes no había notado.
En una de las copias antiguas aparecía una anotación manuscrita de mi padre.
“Si Sofía alguna vez pregunta por la segunda escritura, entrégasela únicamente a ella.”
Me quedé helada.
—¿Segunda escritura?
Mauricio dejó de respirar.
Lo miré.
—¿Tú sabías de esto?
No respondió.
Pero su madre sí.
—Tu padre prometió que jamás te enterarías.
El silencio cayó sobre la entrada.
Llamé inmediatamente al notario.
Hubo una larga pausa al otro lado.
—Sofía —dijo finalmente—, esperaba que algún día encontraras esa nota.
—¿Qué segunda escritura?
—La de la propiedad contigua.
Miré por la ventana hacia el enorme terreno abandonado detrás de nuestra casa.
—¿Ese terreno era de mi padre?
—No solamente ese terreno.
Su voz bajó.
—Todo el complejo comercial que están construyendo detrás está registrado bajo un fideicomiso cuyo beneficiario eres tú.
Sentí que las piernas me fallaban.
Entonces el notario añadió:
—Y hace tres meses alguien presentó documentos intentando transferir ese fideicomiso.
Miré a Mauricio.
Él ya no parecía enfadado.
Parecía aterrorizado.
—¿Quién?
El notario respondió:
—Tu esposo.
