Ethan abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Claire, yo…
—¿Hablar con Maya requiere preservativo?
Su rostro se volvió aún más blanco.
—Fue un error.
Dejé el vaso sobre la mesa.
—No.
Giré mi teléfono hacia él.
23:42.
La puerta cerrándose.
Mi llamada rechazada.
Su mensaje diciendo que solo estaban hablando.
—Esto es una mentira documentada.
Ethan cayó sentado.
—Tengo miedo.
—Entonces llama a un médico.
No pensaba convertir el VIH de Maya en un castigo moral.
La traición era de Ethan.
Y solo de Ethan.
—Necesito hacerme pruebas —murmuró—. Y preguntar por tratamiento preventivo.
—Hazlo inmediatamente.
Me levanté.
—Pero antes firma esto.
Dejé una carpeta frente a él.
Solicitud de divorcio.
Ethan me miró horrorizado.
—¿Ya la tenías preparada?
—Desde hace tres semanas.
El silencio fue absoluto.
—¿Tres semanas?
Saqué otra carpeta.
Transferencias bancarias.
Reservas de hoteles.
Fotografías.
Mensajes borrados que había recuperado de nuestra tableta compartida.
—Sabía que me engañabas.
Ethan negó desesperadamente.
—Nunca había ocurrido nada físico hasta anoche.
—Quizá.
Me incliné hacia él.
—Pero llevas ocho meses pagando el alquiler de Maya.
Su expresión cambió.
Ahí estaba.
La verdad que esperaba.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque usaste nuestra cuenta conjunta.
En ese momento apareció Maya.
Había escuchado todo.
—Claire, no sabes la historia completa.
—Entonces cuéntamela.
Maya miró a Ethan.
—Díselo tú.
Él no respondió.
Ella soltó una risa amarga.
—Claro.
Sacó de su bolso varios documentos médicos.
—Mi diagnóstico fue hace seis meses.
Los dejó sobre la mesa.
—Pero Ethan sabía que debía hacerse pruebas mucho antes.
Sentí un frío repentino.
Miré a mi marido.
—¿Qué significa eso?
Maya tragó saliva.
—Yo no fui quien puso a Ethan en riesgo.
Ethan se levantó bruscamente.
—¡Cállate!
Ninguno de los dos nos movimos.
Maya continuó.
—Cuando recibí mi diagnóstico, Ethan insistió en acompañarme a todas las consultas. Parecía preocupado por mí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después entendí por qué.
Sacó otro papel.
—Preguntaba constantemente por periodos ventana, pruebas y tratamientos.
Miré a Ethan.
—¿Por qué?
Él empezó a temblar.
Entonces su teléfono sonó.
Era una llamada del hospital.
Ethan contestó.
Escuchó durante menos de veinte segundos.
Después el teléfono cayó de su mano.
—¿Qué dijeron?
No respondió.
Maya recogió lentamente el móvil.
La voz del médico todavía podía escucharse.
Ethan había acudido a una clínica privada tres semanas antes.
Mucho antes de que Maya entrara en nuestra casa.
Mucho antes de aquella noche.
Ya se había hecho una prueba.
Y había ocultado el resultado.
Maya lo miró, horrorizada.
—Ethan… ¿tú ya lo sabías?
Él comenzó a llorar.
Yo sentí que todo encajaba de una manera todavía más terrible.
Las semanas de distancia.
Las excusas.
Su insistencia en traer a Maya a nuestra casa.
—¿Qué resultado ocultaste?
Ethan levantó los ojos hacia mí.
Pero fue Maya quien respondió.
—Claire, creo que me utilizó.
—¿Para qué?
Ella señaló las cámaras.
—Para que, cuando descubrieras lo que realmente le ocurre, pensaras que todo había empezado conmigo.
