Tres días después de presentar el acuerdo, recibí una llamada de la oficina legal.
—Señora Salazar, su esposo ha solicitado revisar el expediente.
Miré el anillo de plata en mi dedo.
—Déjenlo.
Esa misma noche Lucas llegó a casa.
No llamó.
Entró sosteniendo una copia del acuerdo de divorcio.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
—¡Eso lo escribí borracho hace tres años!
—Pero lo firmaste.
Lucas arrojó el documento sobre la mesa.
—¿Es por el hombre del anillo?
Finalmente comprendía.
No le preocupaba perderme.
Le preocupaba que alguien más pudiera tenerme.
—Se llama Adrian Blackwood.
El rostro de Lucas cambió.
—¿Blackwood?
—Él me sacó de la avalancha.
Lucas se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Cuando regresamos por ti, el equipo informó que ya habías sido evacuada.
Solté una pequeña risa.
—Regresaste.
—Isabel…
—¿Cuánto tardaste?
Silencio.
—¿Una hora?
No respondió.
—¿Dos?
Lucas bajó la mirada.
—Cuatro horas y diecisiete minutos.
Sentí algo dentro de mí terminar definitivamente.
Entonces sonó el timbre.
Cuando abrí, dos hombres con traje oscuro esperaban fuera.
Detrás de ellos había un automóvil negro.
Y apoyado contra la puerta estaba Adrian Blackwood.
Las cicatrices de sus manos todavía eran visibles.
Lucas apareció detrás de mí.
—¿Qué haces aquí?
Adrian ni siquiera lo miró.
Sus ojos descendieron hacia mi mano.
Al ver el anillo, sonrió.
—Así que no lo tiraste.
—Dijiste que fuera a Haven City.
—Y como tardabas demasiado, vine yo.
Lucas me sujetó del brazo.
Adrian dejó de sonreír.
—Suéltala.
—Es mi esposa.
—Está sangrando todavía por perder a vuestro hijo y hoy la dejaste al borde de una carretera.
Lucas palideció.
—¿Cómo sabes eso?
Yo también miré a Adrian.
Él sacó una carpeta.
—Porque llevo investigando la avalancha desde el día que ocurrió.
Mi respiración se detuvo.
—¿Investigando?
Adrian colocó varias fotografías sobre la mesa.
Mostraban la montaña antes del desastre.
Explosivos industriales.
Marcas de perforación.
Vehículos pertenecientes a una empresa contratista.
—Aquello no fue un desastre natural.
Lucas tomó una fotografía.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿De dónde sacaste esto?
—De mi equipo geológico.
Adrian señaló un camión fotografiado cerca de la ladera.
En la puerta aparecía el emblema de una empresa vinculada al complejo militar.
Lucas retrocedió.
—No puede ser.
—Puede.
Adrian abrió la última página.
Había una autorización para realizar detonaciones controladas aquella mañana.
En la parte inferior aparecía una firma.
Clara Medina.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Clara autorizó explosivos?
—No exactamente —respondió Adrian.
Me miró.
—Utilizó las credenciales de otra persona.
Giró el documento.
El nombre impreso bajo la firma digital era Lucas Romero.
Lucas perdió el color.
Pero Adrian todavía no había terminado.
—Y hay algo peor.
Sacó una grabación de radio recuperada de la operación de rescate.
La hora marcada era diecisiete minutos antes de que Lucas decidiera rescatar primero a Clara.
Pulsó reproducir.
Una voz femenina llenó la habitación.
Era Clara.
Perfectamente tranquila.
Sin llanto.
Sin pánico.
—Comandante Romero, asegúrate de que Isabel sea la última en salir.
Lucas levantó lentamente la cabeza.
Y por primera vez comprendió que la mujer que había elegido salvar quizá nunca había necesitado ser salvada.
