PARTE 2: La despedida que Daniel confundió con obediencia

—Padre, quiero pedirle una última cosa.

El general Foster dejó caer el látigo.

—Lo que quieras.

Saqué los documentos del divorcio.

—Déjeme ir.

Daniel se levantó de golpe.

—Eleanor, dijimos seis meses.

Por primera vez aquella noche lo miré directamente.

—Tú dijiste seis meses.

Firmé delante de todos.

El general Foster miró mi firma y después a su hijo.

—Daniel, si ella cruza esa puerta, no vuelvas a pedirle nada.

Daniel apretó la mandíbula.

—Volverá.

Lo dijo con absoluta seguridad.

Como si diez años de amor fueran una cadena.

Como si yo no supiera vivir sin él.

No respondí.

Tres días después, abandoné la casa Foster con una maleta.

El general me entregó un sobre.

—Tu padre me salvó la vida hace veinte años.

Me quedé inmóvil.

Nunca me había contado aquello.

—Antes de morir, dejó algo a tu nombre. Esperaba entregártelo cuando estuvieras preparada.

Dentro había documentos de propiedad y una carta.

Mi padre no había muerto pobre como siempre creí.

Poseía tierras que años después se habían convertido en una zona industrial estratégica.

El general las había protegido durante mi infancia.

Ahora eran mías.

—No necesitas depender de Daniel —dijo.

Lloré entonces.

Pero no por mi matrimonio.

Una semana después me marché a otra ciudad.

Daniel no vino.

Estaba preparando su boda con Clara.

Pasaron dos meses.

Entonces recibí una llamada del general.

—Eleanor, Daniel descubrió lo del embarazo.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Cómo?

—Encontró el informe que escondiste bajo el mantel.

Cerré los ojos.

Silencio.

Después escuché ruido al otro lado.

Daniel le había quitado el teléfono.

—¿Dónde está mi hijo?

Su voz no se parecía a la que recordaba.

—No hay ningún hijo, Daniel.

Dejó de respirar.

—¿Qué significa eso?

—Significa exactamente lo que has oído.

—Eleanor…

—Estaba embarazada cuando llegaste con Clara a pedirme el divorcio.

Durante varios segundos no hubo nada.

Entonces escuché algo romperse.

—¿Lo perdiste?

No respondí inmediatamente.

—Tomé una decisión.

Daniel comprendió.

—No.

Su voz se quebró.

—No, Eleanor. Dime que no hiciste eso.

—Tú también tomaste una decisión aquella noche.

Colgué.

Pensé que sería la última vez que escucharía su voz.

Me equivoqué.

A la mañana siguiente, el general apareció personalmente en mi nueva casa.

Su rostro estaba gris.

—Daniel canceló la boda.

No sentí nada.

Entonces colocó sobre mi mesa una fotografía que había encontrado entre las pertenencias de Clara.

Era antigua.

En ella aparecía Clara junto a un hombre que yo conocía demasiado bien.

Mi médico.

El mismo que había atendido mi embarazo.

—Eleanor —dijo el general—, tenemos que volver al hospital.

—¿Por qué?

Su respuesta me dejó helada.

—Porque el procedimiento que autorizaste nunca se realizó.

Miré la fotografía.

—Eso es imposible.

—No.

El general tragó saliva.

—Y según los registros que acabo de conseguir, tu embarazo tampoco terminó aquella noche.

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