Abrí el sistema financiero de la propiedad y busqué el nombre de Rosa Martínez.
Lo que encontré me hizo incorporarme lentamente.
Los últimos tres salarios figuraban como pagados.
Cada uno tenía una autorización electrónica.
La mía.
Solo había un problema.
Yo jamás los había autorizado.
Llamé a mi director financiero.
—Quiero saber a qué cuenta llegaron estos pagos.
Veinte minutos después respondió.
—No fueron a la cuenta habitual de Rosa.
—¿Entonces?
—Fueron redirigidos.
Sentí frío.
—¿Por quién?
—La modificación lleva las credenciales de Harrison.
Mandé llamar al administrador.
Entró sonriente.
—¿Necesita algo, señor?
Giré la pantalla hacia él.
Su sonrisa desapareció.
—Explícame esto.
Harrison observó las transferencias.
—Debe de ser un error administrativo.
—Tres meses no son un error.
Se quedó callado.
Entonces apareció mi director financiero en la videollamada.
—Hay algo más.
Habíamos revisado al resto del personal.
Rosa no era la única.
Siete empleados habían sufrido retrasos similares.
En total faltaban ciento ochenta mil dólares.
Me levanté.
—Llama a seguridad.
Harrison retrocedió.
—Espere.
—¿Por qué?
Su rostro comenzó a sudar.
—Porque yo no me quedé con ese dinero.
Me detuve.
—Entonces dime quién.
Miró hacia la puerta cerrada.
—Su hermano.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Michael?
Harrison asintió.
Mi hermano menor llevaba seis meses viviendo en el ala oeste después de que su empresa quebrara.
—Me obligó a redirigir los pagos —dijo Harrison—. Dijo que usted lo había autorizado.
—¿Y le creíste?
Harrison bajó la cabeza.
—Tenía sus códigos privados.
Aquello era imposible.
Solo dos personas conocían mis credenciales maestras.
Yo.
Y mi madre.
Salí de la oficina.
Rosa seguía esperando con Camila.
—Recibirás hoy todo lo que te deben, más una compensación.
Rosa empezó a llorar.
Pero Camila no sonrió.
Miraba fijamente hacia la escalera.
—Ese es él.
Me giré.
Michael estaba arriba.
Camila señaló su muñeca.
—Ese reloj era de mi papá.
Michael se quedó inmóvil.
Rosa palideció.
—Camila, cállate.
—Mamá, es verdad.
La niña bajó la voz.
—Papá lo llevaba la noche que desapareció.
Miré a Rosa.
—¿Cuándo desapareció tu marido?
—Hace cuatro años.
Michael comenzó a retroceder.
Subí dos escalones.
—¿De dónde sacaste ese reloj?
Mi hermano corrió.
Seguridad lo alcanzó antes de llegar al pasillo.
Cuando le quitaron el reloj, descubrimos una inscripción en la parte posterior.
Rosa se llevó ambas manos a la boca.
Pero Michael gritó:
—¡Yo no maté a nadie!
Nadie había mencionado un asesinato.
El silencio fue absoluto.
Entonces Camila dijo algo todavía peor.
—Mamá…
Señaló uno de los retratos familiares de la pared.
Era una fotografía tomada cinco años atrás.
—Ese es el hombre que venía a nuestra casa con papá.
Rosa miró el retrato.
Yo también.
Camila no estaba señalando a Michael.
Estaba señalando a mi padre.
