Lucas descubrió que había cancelado su estacionamiento esa misma noche.
Entró furioso.
—¡Mi coche está en la calle!
—Lo sé.
—¡Me han dicho que tú cancelaste el permiso!
Levanté la vista del portátil.
—Yo pagaba la plaza.
—¡Soy tu marido!
—Entonces transfiéreme tus 5.650.
Se quedó callado.
Su teléfono vibró.
Mia.
Lucas salió al balcón para contestar.
—Tranquila, mañana lo soluciono.
Sonreí.
Por supuesto.
Siempre solucionaba los problemas de Mia.
Así que decidí solucionar los míos.
Durante las siguientes dos semanas separé absolutamente todo.
Cancelé su tarjeta adicional.
Eliminé su número del seguro del coche que estaba a mi nombre.
Dejé de pagar su gimnasio, sus suscripciones y hasta el servicio de lavandería de sus camisas.
Lucas empezó a comprender cuánto costaba realmente aquella vida “mitad y mitad”.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Mientras revisaba nuestras antiguas transferencias, encontré pagos mensuales de Lucas a Mia.
Dos mil.
Tres mil.
Cinco mil.
Pero había uno diferente.
Cincuenta mil dólares.
Concepto:
“Entrada apartamento.”
Sentí que se me helaban las manos.
Busqué la dirección.
Era un apartamento nuevo a veinte minutos de nuestra casa.
La propiedad figuraba a nombre de Mia Lane.
Cuando Lucas regresó aquella noche, puse el documento sobre la mesa.
—¿También esto forma parte de vuestra amistad de hermanos?
Su expresión cambió.
—Puedo explicarlo.
—Perfecto.
Saqué otra hoja.
—Mientras lo haces, explícame por qué utilizaste dinero de nuestra cuenta conjunta.
Lucas palideció.
—Te lo devolveré.
—No será necesario.
Le entregué una carpeta.
Dentro estaban los papeles del divorcio.
Lucas soltó una carcajada.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por dinero?
—No.
Lo miré fijamente.
—Estoy dejando de pagar por uno en el que nunca tuve asiento.
Entonces sonó el timbre.
Era Mia.
Entró llorando.
—Lucas, tenemos un problema.
Al verme, se detuvo.
—Habla —dije.
Mia apretó su bolso.
—El banco bloqueó el apartamento.
Lucas se giró hacia mí.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi abogado.
Abrí el archivo adjunto.
Y entonces comprendí por qué el banco había intervenido.
Los cincuenta mil dólares no habían salido realmente de nuestra cuenta conjunta.
Lucas había utilizado mi firma digital para solicitar un préstamo garantizado con un inmueble.
Mi inmueble.
La vivienda que heredé de mi padre antes de casarnos.
Levanté lentamente la mirada.
—Lucas, acabas de convertir nuestro divorcio en algo mucho peor.
Mia comenzó a retroceder hacia la puerta.
Pero mi abogado envió un segundo documento.
La solicitud fraudulenta tenía dos firmas.
Una era la de Lucas.
La otra pertenecía a Mia.
