—¿Lo intentaste?
Cassandra asintió.
—Durante meses.
Sentí que la rabia me subía al pecho.
—Mi número nunca cambió.
—El mío tampoco.
Luke seguía dibujando mientras Violet apretaba su elefante.
Cassandra bajó la voz.
—Te llamé cuando descubrí el embarazo.
—Nunca recibí esa llamada.
—Lo sé ahora.
Metió la mano en su bolso y sacó un sobre doblado.
Dentro había copias de correos electrónicos, registros de llamadas y una carta certificada.
Todos dirigidos a mí.
Todos enviados tres años atrás.
—También fui a Prescott Technologies.
Miré la fecha.
Recordaba aquel día.
Estaba cerrando una financiación en Nueva York.
—Tu asistente dijo que estabas fuera del país y que no querías volver a verme.
—¿Qué asistente?
Cassandra vaciló.
—Eleanor.
Se me heló la sangre.
Eleanor Prescott.
Mi madre.
Presidenta del consejo en aquel momento.
—Ella no era mi asistente.
Cassandra me miró fijamente.
—Lo descubrí demasiado tarde.
Sacó otra hoja.
Era un acuerdo de confidencialidad.
Junto a él aparecía una oferta de cinco millones de dólares.
—Tu madre vino a verme personalmente.
Sentí náuseas.
—¿Aceptaste?
—No.
La firma estaba vacía.
—Me dijo que tú sabías del embarazo.
—Cassandra…
—Dijo que no querías hijos conmigo porque una familia Prescott no podía construirse alrededor de una mujer sin apellido, contactos ni dinero.
Cerré los ojos.
Aquellas palabras sonaban exactamente como mi madre.
—Yo nunca dije eso.
—Ahora te creo.
Antes no.
Mi teléfono vibró.
El avión ya tenía conexión.
Denver.
La adquisición.
780 millones.
No contesté.
—¿Por qué viajas hoy? —pregunté.
Cassandra miró a Violet.
—Por ella.
Algo en su tono cambió.
—¿Qué ocurre?
—Tiene una cardiopatía congénita.
Sentí que el mundo volvía a detenerse.
—¿Es grave?
—Necesita cirugía.
Cassandra respiró profundamente.
—Vamos a Denver porque un programa neonatal aceptó revisar su caso.
Mi teléfono vibró otra vez.
Esta vez leí el mensaje completo.
“Merritt Systems exige respuesta inmediata. Su división neonatal acaba de aceptar un nuevo caso pediátrico extraordinario.”
Miré a Violet.
Después la pantalla.
Merritt Systems.
La empresa que estaba intentando comprar.
—¿Cómo se llama el programa? —pregunté.
—Merritt Pediatric Cardiac Institute.
No pude responder.
La adquisición que consideraba la operación más importante de mi carrera estaba relacionada con el tratamiento de una hija cuya existencia desconocía.
Pero todavía faltaba algo.
—Quiero hacer una prueba de ADN.
Cassandra asintió.
—Ya la hice.
Sacó otro sobre.
—Tu madre también la exigió.
Abrí el informe.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
Luke y Violet eran míos.
Pero al pasar la página encontré una anotación escrita a mano.
“NO ENTREGAR AL SEÑOR PRESCOTT.”
Debajo aparecía la firma de Eleanor.
Mi madre lo sabía desde antes de que nacieran.
Entonces Luke levantó su dibujo.
—Mira.
Había dibujado cuatro personas tomadas de la mano.
Cassandra.
Violet.
Él.
Y un hombre alto.
—¿Quién es ese? —pregunté.
Luke sonrió.
—Mi papá.
Cassandra palideció.
—Luke, cariño…
Pero el niño señaló mi cara.
—Es él.
No entendí.
Cassandra cerró los ojos.
—Damon, hay otra razón por la que decidí viajar precisamente hoy.
Sacó de su bolso una fotografía que había recibido aquella mañana.
Mi madre aparecía entrando en el hospital de Denver.
—Eleanor sabe que Violet será tratada allí.
Miré la hora de la fotografía.
Había sido tomada tres horas antes de que nuestro avión despegara.
—¿Cómo?
Cassandra me entregó el mensaje que acompañaba la imagen.
Solo contenía una frase:

“SI DAMON DESCUBRE POR QUÉ VIOLET ESTÁ ENFERMA, TODO LO QUE HICIMOS HACE TRES AÑOS HABRÁ SIDO INÚTIL.”
Debajo aparecía el remitente.
No era mi madre.
Era el director médico de Merritt Systems.
El mismo hombre al que yo viajaba a Denver para entregarle 780 millones de dólares.