PARTE 2: LA MUJER QUE DEJÓ DE ESPERAR

Continuación de la segunda parte de la historia:

El teléfono de Lucas siguió vibrando entre nosotros.

Él miró la pantalla. Olivia Brooks.

Yo miré su rostro. Por primera vez, no esperé una explicación.

—Contesta —dije—. Tal vez te necesita.

Lucas rechazó la llamada.

—Clara, no hagas esto.

—¿Hacer qué? ¿Dejar de fingir que no veo lo que pasa?

Su mandíbula se tensó. En ese instante, el teléfono volvió a sonar. Esta vez contesté yo antes de que pudiera detenerme.

—¿Lucas? —La voz de Olivia llenó el silencio—. Por fin. Necesito que vengas. Me duele otra vez la espalda y no quiero que me atienda cualquiera.

Lucas extendió la mano.

Aparté el teléfono.

—Está ocupado —respondí—. Esta noche no puede correr a salvarte.

Al otro lado hubo una pausa.

—¿Clara? ¿Estás con él?

—Sí. En mi casa. La misma en la que pasé semanas esperando que él tuviera tiempo para mí.

Olivia exhaló, incómoda.

—Yo nunca le pedí que te abandonara.

Lucas cerró los ojos. Su silencio confirmó que aquella frase le había dolido más que cualquier reproche mío.

Colgué.

—No tenías derecho a contestar —dijo él.

—Y tú no tenías derecho a decidir que mis sentimientos eran un problema.

Se pasó una mano por el cabello. Por primera vez, parecía no tener una respuesta preparada.

—Me equivoqué —murmuró—. Debí estar contigo en el aniversario. Debí darme cuenta de que estabas sufriendo.

—No necesitaba que fueras médico. Necesitaba que fueras mi pareja.

El mensaje del hospital seguía iluminando mi pantalla. Lucas volvió a mirarlo.

—¿Qué proceso legal?

—El puente peatonal donde me caí llevaba semanas con un tramo de escalones dañado y sin señalización. El informe incluye fotografías, el registro de mantenimiento y el testimonio de un testigo. La abogada del hospital me ayudó a iniciar el reclamo contra la empresa responsable.

Lucas bajó la vista.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque cada vez que te contaba algo, encontraba una forma de hacerme sentir que te estaba molestando.

No era solo la pierna lo que había cambiado durante esos siete días.

También había cambiado la manera en que me veía.

Ya no era la mujer que aguardaba junto al teléfono, inventando excusas para defender a un hombre que nunca encontraba tiempo para ella.

Lucas dio un paso hacia mí.

—Puedo arreglarlo. Voy a pedir vacaciones. Te llevaré a las revisiones y me encargaré de todo.

—No necesito que te encargues de todo.

Me quité con cuidado la mano de su brazo.

—Necesitaba que estuvieras. Y no estuviste.

Su rostro se endureció, pero esta vez no discutió. Tal vez, por fin, comprendió que no había una frase capaz de borrar dos años de ausencias.

—¿Entonces esto es una despedida?

Miré las muletas apoyadas junto a la puerta. Recordé el día en que salí sola del hospital, con dolor y miedo, creyendo que debía ocultarle hasta mi propia caída.

—Es el final de una relación en la que siempre me sentí sola.

Lucas se quedó inmóvil.

El silencio que siguió no fue como los de antes. No estaba lleno de cosas que yo aún quería decirle. Estaba lleno de todo lo que ya no pensaba pedir.

Abrió la boca, pero su teléfono vibró otra vez.

Esta vez, no miré quién llamaba.

—Vete, Lucas.

Y él se fue.

A la mañana siguiente, mis tres compañeros de habitación aparecieron en mi casa con cartas, café y una tarta torcida que habían preparado entre todos. Reí por primera vez en semanas. Me dolía la pierna, pero ya no me dolía fingir que estaba bien.

El reclamo siguió su curso. La empresa aceptó su responsabilidad por el estado de las escaleras y cubrió mis gastos médicos. No fue una victoria espectacular. Fue suficiente para recordar que podía defenderme.

Meses después, volví a caminar sin muletas.

No regresé con Lucas cuando me llamó para decir que me extrañaba. Tampoco volví a esperar que alguien me eligiera para sentir que yo valía la pena.

La mujer que salió del hospital seguía teniendo una cicatriz y una pierna que a veces le dolía con el frío.

Pero ya no era la mujer que había entrado.

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