—Rebecca y yo pasamos nuestra luna de miel allí —dijo Ethan.
Lo miré sorprendida.
—¿Y aun así aceptaste venir conmigo?
—Precisamente por eso.
No explicó más.
Cuando llegamos a Santorini, pedí dos habitaciones.
La recepcionista revisó nuestra reserva y negó con la cabeza.
—Lo siento. El paquete incluye una villa privada con dos dormitorios.
Ethan me miró.
—Puedo buscar otro hotel.
—No seas ridículo. Hay dos habitaciones.
Aquella primera noche cenamos frente al mar.
No hablamos de Connor.
Ni de Rebecca.
Por unas horas fuimos simplemente dos personas contemplando una puesta de sol demasiado hermosa para desperdiciarla pensando en quienes ya no estaban.
Los días siguientes fueron extrañamente fáciles.
Ethan nunca intentó besarme.
Nunca cruzó límites.
Cuando me quedaba callada, no preguntaba qué me ocurría.
Simplemente permanecía cerca.
Al cuarto día, mientras caminábamos por Oia, recibí un mensaje de Connor.
“Necesito hablar contigo.”
Lo ignoré.
Después llegó otro.
“Sé que estás en Grecia.”
Me detuve.
Nunca le había dicho dónde estaba.
Ethan vio mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Le enseñé el teléfono.
Su rostro cambió.
—¿Quién sabe que viniste?
—Mi madre. Mi amiga. La agencia.
Entonces apareció una fotografía.
Era Ethan y yo cenando la noche anterior.
Tomada desde otra mesa.
Debajo había un mensaje.
“¿Ya reemplazaste seis años en cuatro días?”
Sentí un escalofrío.
Ethan tomó su teléfono.
—Vamos a avisar al hotel.
Pero antes de que pudiera hacerlo, entró otro mensaje.
Esta vez no era de Connor.
Era de un número desconocido.
“Pregúntale a Ethan por qué sabía que tu boda iba a cancelarse.”
Levanté lentamente la mirada.
—Ethan…
Él palideció.
—Valeria, puedo explicarlo.
—Hazlo.
Se quedó inmóvil.
Finalmente sacó el teléfono y abrió un correo recibido casi cinco semanas antes.
El remitente era Connor.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Conocías a Connor?
—No personalmente.
Ethan abrió el mensaje.
Connor le había escrito después de encontrar su nombre entre mis contactos vecinales.
Solo había una frase.
“Cuando Valeria descubra todo, asegúrate de que no esté sola.”
—¿Por qué demonios te escribiría eso?
Ethan tragó saliva.
—Porque Rebecca trabajaba con Connor.
No pude hablar.
—Antes de morir —continuó—, Rebecca descubrió algo sobre la empresa donde trabajaban.
—¿Qué cosa?
Ethan me miró.
—Nunca llegué a saberlo. Solo dejó una carpeta con un nombre escrito fuera.
—¿Qué nombre?
Antes de responder, alguien llamó a la puerta de la villa.
Tres golpes.
Ethan se puso delante de mí y abrió.
Connor estaba allí.
Solo.
Demacrado.
Con los ojos rojos.
—Valeria, cometí el peor error de mi vida.
Di un paso atrás.
—¿Viniste hasta Grecia para decirme eso?
—No.
Connor miró a Ethan.
—Vine porque la mujer por la que cancelé nuestra boda desapareció hace dos días.
Sacó una fotografía y la dejó sobre la mesa.
La mujer aparecía junto a Rebecca.
La esposa muerta de Ethan.
Él se quedó completamente inmóvil.
Entonces Connor señaló el reverso.
Había una fecha escrita a mano.
Era de tres meses después de la supuesta muerte de Rebecca.
