PARTE 2: LAS LLAVES QUE CLARA DECIDIÓ ENTREGAR

A las 7:12, Álvaro apareció en la cocina perfectamente vestido.

—Buenos días.

Besó a Clara en la frente.

Ella tuvo que obligarse a permanecer inmóvil.

Mercedes ya estaba sentada junto a la ventana.

—¿Dormiste bien, querida?

—Perfectamente.

Álvaro sonrió.

—Entonces, ¿me dejas las llaves?

Clara sacó el mando del Maybach.

Mercedes levantó inmediatamente la mirada.

Clara dejó las llaves sobre la encimera.

—Por supuesto.

Durante dos segundos nadie se movió.

Después Mercedes se puso de pie tan rápido que golpeó la taza.

—¡Álvaro!

Su hijo se volvió.

—¿Qué?

La mujer miró las llaves.

Luego a Clara.

—Quizá deberías llevar otro coche.

Clara fingió sorpresa.

—¿Por qué?

Mercedes abrió la boca.

No salió ninguna respuesta.

No podía advertir a su hijo sin explicar cómo sabía que aquel coche era peligroso.

—Por la carretera —improvisó—. Puede nevar.

Álvaro soltó una carcajada.

—Mamá, estamos en octubre.

Cogió las llaves.

Clara sintió el corazón golpeándole las costillas.

No pensaba permitir que condujera.

Aunque Álvaro estuviera implicado, ella no iba a convertir una prueba en una sentencia.

—Un momento.

Él se detuvo.

—¿Qué pasa?

—Necesito sacar unos planos del maletero.

Bajó con él al garaje.

Cuando Álvaro entró en casa para buscar su cartera, Clara accionó el mecanismo que había preparado durante la madrugada.

El Maybach no arrancó.

Había desconectado previamente la batería con ayuda remota de su servicio de asistencia y solicitado una inspección urgente.

Álvaro maldijo.

—¡Genial!

—Usa tu coche.

—Llegaré tarde.

—Pensaba que tu reunión era importante.

Él la miró.

—Lo es.

Veinte minutos después se marchó en su vehículo.

Mercedes no desayunó.

A las 9:05 llegó una grúa.

A las 9:17, un técnico documentó anomalías graves en el sistema de frenado.

Clara no tocó nada.

No quería contaminar ninguna evidencia.

Su abogada, Irene Salas, ya había recibido la grabación.

También había recomendado formalizar la denuncia y preservar todas las imágenes originales.

A las once, Clara estaba en su estudio cuando Irene llamó.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—He revisado la documentación patrimonial que me enviaste.

—¿Y?

—Álvaro lleva meses preparando una salida.

Clara cerró lentamente el portátil.

—Explícate.

—Hay una sociedad llamada Valmor Gestión Patrimonial.

—No me suena.

—A mí tampoco hasta esta mañana.

Irene hizo una pausa.

—El administrador es Álvaro.

—¿Qué tiene?

—Nada importante todavía.

—¿Todavía?

—Hace tres semanas intentó registrar una opción de compra sobre tu casa.

Clara se levantó.

—La casa es mía.

—Lo sé.

—La compré antes de casarme.

—Lo sé.

—Entonces no puede venderla.

—Sin tu consentimiento, no.

Aquella última palabra hizo que Clara entendiera.

—¿Hay una firma?

—Sí.

—Falsa.

—Eso parece.

Clara recordó a Mercedes revolviendo cajones.

Entrando en su despacho.

Preguntando dónde guardaba documentos.

De pronto, aquello ya no parecía simple desprecio.

Era preparación.

A las 13:40 recibió un mensaje de Álvaro.

“Se canceló la reunión. Volveré tarde.”

Clara llamó al hotel de Navacerrada cuyo nombre había oído durante la conversación nocturna.

No necesitó preguntar por huéspedes.

Solo confirmó que el establecimiento existía.

Después revisó una tarjeta secundaria vinculada a una cuenta común.

Había un cargo reciente.

El mismo hotel.

Dos noches.

Suite con jacuzzi.

Clara soltó una risa sin humor.

El sabotaje.

La amante.

La propiedad.

Todo estaba ocurriendo al mismo tiempo.

Pero faltaba entender por qué.

A las cinco regresó a casa.

Mercedes estaba en el salón.

—¿Dónde está el coche?

—En revisión.

La mujer palideció.

—¿Revisión?

—Problemas con los frenos.

Silencio.

—Qué raro —murmuró Mercedes.

—Muchísimo.

Clara sostuvo su mirada.

—El mecánico dice que probablemente alguien los manipuló.

La taza tembló entre los dedos de Mercedes.

—¿Estás insinuando algo?

—No.

Clara sonrió.

—Estoy esperando el informe.

Aquella noche Mercedes hizo una maleta.

Clara la vio por las cámaras.

También la vio entrar al despacho de Álvaro.

Abrir un cajón.

Sacar una carpeta.

Fotografió cada página.

Después realizó una llamada.

—Se ha dado cuenta —susurró.

Clara subió el volumen.

Una voz masculina respondió.

No era Álvaro.

—Entonces sal de allí.

Mercedes empezó a llorar.

—Me prometiste que nadie saldría herido.

—Ya es demasiado tarde para eso.

Clara guardó la grabación.

A la mañana siguiente, Irene llegó acompañada de un investigador.

Traía noticias.

—Identificamos a la mujer que está con Álvaro.

Clara esperaba sentir dolor.

—¿Quién?

Irene deslizó una fotografía.

Era una mujer de unos treinta años.

Elegante.

Cabello oscuro.

—Se llama Elisa Montero.

—No la conozco.

—Álvaro sí.

—Evidentemente.

—Desde antes de casarse contigo.

Clara permaneció callada.

—¿Eran pareja?

—No encontramos pruebas de eso.

—Entonces ¿qué relación tienen?

Irene colocó otro documento.

Elisa era directora jurídica de una empresa llamada Aristea Holdings.

La misma sociedad que financiaba Valmor Gestión Patrimonial.

—¿Están intentando quedarse con mi casa?

—Creo que la casa es solo una parte.

Sacó una copia de un antiguo plano.

Clara lo reconoció.

Era suyo.

Uno de sus primeros proyectos.

Un hotel que había diseñado once años atrás.

—¿Qué tiene que ver esto?

Irene señaló una firma.

El cliente original había sido Aristea.

—Yo nunca trabajé para Aristea.

—Trabajaste para una filial.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Y?

—Ese proyecto terminó cancelándose después de un accidente.

Lo recordaba perfectamente.

Un derrumbe parcial durante las obras.

Dos trabajadores muertos.

Clara había pasado años creyendo que había sido un fallo del contratista.

—¿Por qué me enseñas esto?

Irene colocó una fotografía antigua sobre la mesa.

Mercedes aparecía junto al promotor del proyecto.

Y detrás de ambos estaba Álvaro.

Mucho más joven.

Clara dejó de respirar.

—Yo no conocí a Álvaro hasta cuatro años después.

—Eso creías.

Irene pasó otra fotografía.

Álvaro estaba observando una presentación de Clara desde el fondo de una sala.

Fecha:

once años atrás.

—¿Me conocía?

—Sí.

—¿Por qué fingió que no?

Nadie respondió.

Entonces llegó el informe técnico del Maybach.

Irene lo leyó primero.

Su expresión cambió.

—Clara.

—¿Qué?

—Lo que Mercedes hizo anoche no habría provocado un fallo inmediato.

—¿Entonces?

—El sistema ya había sido manipulado anteriormente.

Clara sintió frío.

—¿Cuándo?

—El perito cree que llevaba semanas alterado.

Mercedes solo había tocado una pieza secundaria.

—Entonces ella no empezó esto.

—No.

—¿Quién lo hizo?

Irene dejó una segunda hoja sobre la mesa.

Habían encontrado huellas utilizables en una zona protegida del compartimento mecánico.

Una coincidencia preliminar apuntaba a alguien que tenía acceso habitual al vehículo.

Álvaro.

Clara cerró los ojos.

Pero Irene todavía no había terminado.

—También recuperamos el documento que Mercedes fotografió anoche.

—¿Qué era?

—Una póliza.

Clara abrió los ojos.

—¿De seguro?

Irene asintió.

—Sobre tu vida.

—¿Beneficiario?

—Valmor Gestión Patrimonial.

El aire desapareció de la habitación.

—¿Cuándo la contrataron?

Irene giró el documento.

—Dos meses antes de tu boda.

Clara se quedó completamente inmóvil.

—Álvaro y yo todavía no estábamos casados.

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo pudo asegurarme?

—Eso es lo que estamos investigando.

El teléfono de Clara vibró.

Un mensaje de Mercedes.

Solo decía:

“Yo no intentaba matarte. Intentaba impedir que Álvaro lo hiciera.”

Debajo llegó una fotografía.

Era la carpeta que Mercedes había sacado del despacho.

En la última página había una lista de fechas.

Todas correspondían a supuestos accidentes sufridos por Clara durante los últimos cinco años.

Un resbalón en una escalera.

Una intoxicación durante un viaje.

Un incendio eléctrico en su estudio.

Y, al final, una fecha futura.

El lunes siguiente.

Junto a ella aparecían tres palabras:

“Navacerrada. Coche. Final.”

Clara levantó la mirada hacia Irene.

Entonces comprendió lo verdaderamente aterrador.

Mercedes no había abierto el capó para sabotear el Maybach.

Había intentado alterar el plan que su propio hijo ya había preparado.

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