Gideon no preguntó dos veces.
—Apagad las luces exteriores.
Tres hombres se movieron inmediatamente.
—Cerrad la entrada.
Las puertas de acero comenzaron a bloquearse.
El vehículo avanzó por el camino bajo la lluvia.
La niña mayor abrazó a su hermana.
—No deje que nos lleve.
Gideon se agachó frente a ella.
—¿Cómo te llamas?
—Maya.
—¿Y ella?
—Lily.
—Maya, mírame.
La niña obedeció.
—¿Quién viene en ese coche?
Sus labios temblaron.
—Marcus Vale.
Gideon dejó de respirar.
Conocía ese nombre.
Marcus había trabajado para él durante once años.
Había sido responsable de seguridad de su familia.
Y había muerto, supuestamente, seis meses antes que Ren.
—Eso es imposible.
—No —susurró Maya—. Está vivo.
Uno de los guardias apareció.
—Jefe, el vehículo se detuvo frente al portón.
—¿Quién conduce?
—Un hombre solo.
—Imagen.
Le mostraron la cámara.
Gideon sintió que algo helado le recorría la espalda.
Marcus Vale.
Más delgado.
Con barba.
Pero vivo.
Entonces sonó el intercomunicador.
—Gideon —dijo Marcus—. Las niñas no te pertenecen.
Gideon miró a Maya.
—¿Por qué te persigue?
Ella negó con la cabeza.
—No puedo decirlo.
—Acabas de decir que mató a mi hija.
Lily empezó a llorar.
—Maya…
La mayor cerró los ojos.
—Nuestra mamá nos dijo que si algún día escapábamos debíamos venir aquí.
—¿Quién es vuestra madre?
—Anna Cole.
Gideon se quedó inmóvil.
Anna había sido la enfermera de Ren.
La última persona, aparte de él, que había estado junto a la niña antes de su muerte.
Desapareció dos días después del funeral.
Gideon había gastado meses buscándola.
—¿Dónde está Anna?
Maya bajó la cabeza.
—No lo sabemos.
—¿Ella os enseñó lo de las flores felices?
Lily negó.
—Ren.
El mundo pareció detenerse.
Gideon la miró.
—Ren murió hace un año.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo conociste a mi hija?
Lily señaló su cabeza.
—Por los vídeos.
Maya soltó el aire.
El secreto había terminado.
—Mamá tenía grabaciones de Ren.
—¿Por qué?
—Porque estaba intentando demostrar que estaba enferma por algo que alguien le hacía.
Gideon sintió que se le endurecía el rostro.
Ren había muerto después de meses de complicaciones médicas.
Fiebre.
Debilidad.
Fallos progresivos.
Los médicos hablaron de una enfermedad rara.
Nunca de otra posibilidad.
—¿Qué le hacían?
—No sé.
Maya metió una mano debajo de su vestido.
Sacó una memoria USB envuelta en plástico.
—Mamá dijo que esto explicaba todo.
Gideon la tomó.
—¿Por qué no vino directamente?
—Porque decía que había alguien en su casa ayudando a Marcus.
Eso hizo que todos los hombres presentes se miraran.
Gideon conectó la memoria a un ordenador aislado.
Había treinta y siete vídeos.
En el primero apareció Ren.
Cuatro años.
Sentada en su cama.
Anna sostenía una cámara.
—Dime qué ocurrió después de beber tu medicina.
Ren hizo una mueca.
—Me dolió la barriga.
—¿Quién te la dio?
La niña señaló fuera de cámara.
—El tío Marcus.
Gideon cerró los puños.
El siguiente vídeo mostraba un frasco.
Etiqueta correcta.
Contenido incorrecto.
Después aparecían análisis.
Correos.
Registros de acceso.
Marcus había entrado repetidamente en la habitación de Ren cuando Anna no estaba.
Pero el último archivo era diferente.
Anna aparecía mirando directamente a cámara.
—Gideon, si ves esto, significa que no pude volver.
Respiró profundamente.
—Marcus no actuaba solo.
Gideon miró alrededor.
Sus propios hombres permanecían inmóviles.
—La muerte de Ren debía destruirte emocionalmente —continuó Anna—. Querían que abandonaras determinadas operaciones y entregaras el control del puerto.
Gideon sintió náuseas.
—Pero algo salió mal.
Anna levantó un documento.
—Ren no debía morir.
Silencio.
—Solo debía enfermar.
Gideon golpeó la mesa.
—¡Entonces qué ocurrió!
Como si pudiera responderle, Anna continuó:
—Marcus cambió el plan.
Apareció una fotografía.
Marcus junto a otro hombre.
El hermano menor de Gideon.
Nathan Crosswell.
Gideon retrocedió.
—No.
Nathan había sido quien lo sostuvo durante el funeral.
Quien organizó la búsqueda de Anna.
Quien había jurado matar personalmente al responsable si alguna vez aparecía.
El intercomunicador volvió a sonar.
Marcus seguía esperando fuera.
—Ya viste suficiente, Gideon.
—Voy a matarte.
Marcus soltó una risa cansada.
—Entonces todavía no lo entiendes.
—¿Qué?
—Pregúntale a Maya quién es su padre.
Gideon miró a la niña.
Ella empezó a llorar.
—Maya.
—Mamá me dijo que nunca se lo contara.
—Dímelo.
La niña señaló hacia el monitor.
Hacia Marcus.
—Él.
Gideon quedó inmóvil.
Marcus continuó:
—Anna descubrió lo que estaba pasando con Ren y huyó conmigo.
—¿Después de que tú la enfermaras?
—Yo no le daba la medicina.
—Ren dijo tu nombre.
—Porque alguien llevaba mi ropa de seguridad y entraba cuando las luces estaban apagadas.
Gideon miró nuevamente los registros.
Credenciales de Marcus.
No necesariamente Marcus.
—¿Nathan?
—Pregúntate quién ganó más después de la muerte de Ren.
Gideon lo sabía.
Mientras él se derrumbaba, Nathan había asumido temporalmente el control de casi toda la organización.
Entonces Lily tiró suavemente de su manga.
—Señor Gideon.
—¿Qué?
—Mamá dijo que había otra cosa.
—¿Cuál?
La pequeña señaló los girasoles.
—Ren no murió en el hospital.
Gideon sintió que el suelo desaparecía.
—Yo vi su cuerpo.
Maya negó lentamente.
—Vio un cuerpo.
—Era mi hija.
—Mamá dijo que usted nunca pudo acercarse después.
Era verdad.
El ataúd había permanecido cerrado por recomendación médica debido a los procedimientos realizados tras la muerte.
Nathan se había encargado de todo.
—¿Qué estás diciendo?
Maya abrió el viejo cubo roto que todavía había traído consigo.
Retiró un doble fondo improvisado.
Debajo había una pulsera hospitalaria.
REN CROSSWELL.
Fecha de ingreso:
tres días después de la fecha oficial de su muerte.
Gideon dejó de sentir las manos.
—¿Dónde consiguió esto vuestra madre?
—Del lugar donde nos tenía escondidas.
—¿Dónde?
—Wisconsin.
Marcus habló nuevamente desde el intercomunicador.
—Déjame entrar, Gideon.
—Dame una razón.
—Porque Nathan acaba de descubrir que las niñas escaparon.
Gideon miró las cámaras.
Otro vehículo acababa de aparecer al final de la carretera.
Luego otro.
Y otro.
Cinco SUV negros avanzaban bajo la tormenta.
Reconoció inmediatamente los hombres que viajaban dentro.
Eran de Nathan.
Entonces Maya agarró su mano.
—Hay algo que mamá me obligó a memorizar por si perdíamos todo.
—¿Qué?
La niña tragó saliva.
—Una dirección.
—¿De qué?
Maya levantó los ojos.
—Del sitio donde vive Ren.

Gideon dejó de respirar.
—Ren murió.
—No —susurró Maya—. Su hija está viva.
Y afuera, mientras los hombres de Nathan rodeaban la propiedad, Gideon comprendió que llevaba un año visitando una tumba que quizá nunca había contenido a su hija.