PARTE 2: EL HEREDERO QUE NUNCA EXISTIÓ

—Señor Coleman —dijo finalmente el doctor Aris—, necesito hacerle una pregunta delicada.

David sonrió con nerviosismo.

—Pregunte.

—¿Se realizó alguna prueba de fertilidad anteriormente?

La habitación quedó en silencio.

Allison retiró inmediatamente la mano de David.

—¿Por qué pregunta eso?

El médico giró el monitor.

—Porque este embarazo presenta una anomalía genética que requiere comparar ambos perfiles parentales.

Megan cruzó los brazos.

—Entonces háganlo.

David aceptó sin dudar.

Estaba demasiado convencido de que aquel bebé era su esperado heredero.

Mientras tanto, yo ya estaba sobre el Atlántico con mis dos hijos.

Lucas dormía junto a la ventana.

Emma tenía la cabeza apoyada sobre mi hombro.

Nuestro destino era Ginebra.

No estaba huyendo.

Estaba regresando.

Mi nombre completo era Catherine Laurent.

Mi padre había fundado Laurent Capital, un grupo de inversión europeo que administraba miles de millones.

Durante siete años oculté mi patrimonio porque quería saber si David podía amar a Catherine, no al apellido Laurent.

Ya tenía mi respuesta.

Tres horas después del aterrizaje recibí un mensaje de mi abogado.

“Los resultados preliminares llegaron.”

Abrí el archivo.

David no era el padre biológico del bebé de Allison.

Pero aquello apenas era el comienzo.

La segunda página mostraba algo todavía más extraño.

David presentaba una alteración genética compatible con infertilidad masculina severa desde mucho antes de nuestro matrimonio.

Me quedé inmóvil.

Miré a Lucas.

Después a Emma.

Durante nuestro matrimonio jamás hubo dudas sobre su paternidad.

Por eso pedí pruebas independientes inmediatamente.

Los resultados llegaron al día siguiente.

David tampoco era el padre biológico de mis hijos.

Sentí que el mundo se detenía.

—Eso es imposible —susurré.

Yo jamás había estado con otro hombre.

Mi padre ordenó revisar los expedientes de la clínica donde concebimos mediante tratamientos de fertilidad.

Entonces apareció el nombre que nadie esperaba.

Coleman Reproductive Center.

Propiedad indirecta del padre de David.

Richard Coleman.

Los registros mostraban que las muestras utilizadas en mis dos embarazos habían sido sustituidas.

No por accidente.

Existían autorizaciones firmadas por Richard.

Megan también aparecía como testigo.

Llamé a David.

Contestó gritando.

—¡Catherine! Allison me engañó.

—Tenemos problemas mayores.

Le envié los resultados de Lucas y Emma.

Durante casi un minuto no habló.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces ¿de quién son?

—Eso estoy intentando descubrir.

David reunió nuevamente a su familia.

Esta vez nadie celebraba.

Richard estaba blanco.

—Papá —dijo David—. ¿Qué hiciste?

Richard intentó levantarse.

Megan bloqueó la puerta.

Entonces confesó.

Años atrás, el abuelo de David había creado un fideicomiso de más de ciento veinte millones de dólares.

Solo podía heredarlo el primer descendiente biológico masculino de una línea específica de la familia Coleman.

David creyó durante años que esa línea era la suya.

No lo era.

—¿Entonces Lucas? —preguntó.

Richard bajó la cabeza.

—Lucas sí pertenece a esa línea.

David retrocedió.

—Pero no es mi hijo.

—No.

—¿De quién es?

Richard no respondió.

Mi abogado encontró la respuesta antes que ellos.

La muestra utilizada durante mi tratamiento pertenecía a Alexander Coleman.

El hermano mayor de David.

El hombre que oficialmente había muerto seis años antes de nuestro matrimonio.

Me quedé mirando aquella página hasta que las letras comenzaron a confundirse.

Yo nunca había conocido a Alexander.

Pero mi padre sí.

Había fotografías de ambos juntos en Ginebra muchos años atrás.

Entonces apareció un contrato firmado antes de que David y yo siquiera nos conociéramos.

LAURENT–COLEMAN SUCCESSION AGREEMENT.

Mi matrimonio había sido negociado.

No para unir a David conmigo.

Sino para conseguir que una heredera Laurent tuviera hijos biológicamente vinculados a Alexander Coleman.

Llamé a mi padre.

—¿Tú sabías esto?

Silencio.

—Catherine…

—¿Lo sabías?

—Sabía parte.

Colgué.

Pero todavía faltaba una última sorpresa.

Los registros médicos indicaban que Alexander no estaba muerto.

Había entregado personalmente una nueva muestra genética apenas cuatro meses atrás.

En Ginebra.

La misma ciudad donde acababa de aterrizar.

Entonces mi conductor apareció en la puerta del salón.

—Mademoiselle Catherine, hay un hombre preguntando por usted.

—¿Quién?

No necesitó responder.

Un hombre alto entró lentamente.

Tenía los mismos ojos de Lucas.

La misma pequeña cicatriz en la barbilla de Emma.

Alexander Coleman estaba vivo.

Miró primero a mis hijos.

Después a mí.

—Catherine, antes de que llames a la policía, necesitas saber algo.

Colocó un sobre sobre la mesa.

Dentro había una prueba genética.

Pero no correspondía a Lucas.

Era de David.

Alexander respiró profundamente.

—David tampoco es hijo de Richard Coleman.

Pasó a la segunda página.

—Y por eso su familia necesitaba desesperadamente que creyera que Allison iba a darle un heredero.

Levanté la mirada.

—¿Entonces quién es el padre de David?

Alexander señaló el nombre.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Mi propio padre.

Alexander cerró el sobre.

—Tu divorcio no terminó un matrimonio, Catherine.

—Acaba de romper el acuerdo que nuestras dos familias llevan treinta años intentando ocultar.

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