Cerré la computadora.
Demasiado tarde.
Daniel había visto la palabra DENUNCIA.
—No podía dormir —dije.
Sus ojos bajaron hacia mi teléfono.
—¿Qué descubriste?
No preguntó qué estaba haciendo.
Preguntó qué había descubierto.
Eso confirmó todo.
—Nada.
Daniel se acercó.
—Laura, dame el teléfono.
—No.
Su expresión cambió.
Retrocedí.
—¿Qué hacían conmigo durante esas dos horas?
Se quedó completamente inmóvil.
Entonces cometió un error.
—Nunca te hicimos daño.
Sentí náuseas.
—Yo nunca dije “hicimos”.
Daniel palideció.
Tomé mi bolso y salí del dormitorio.
No intentó detenerme.
Eso me asustó todavía más.
Conduje directamente a casa de mi amiga Natalie, abogada penalista.
Le entregué la grabación.
También enviamos una copia a un servidor externo.
—No vuelvas a comer ni beber nada que venga de esa familia —dijo.
Después conseguimos un análisis toxicológico específico.
Encontraron rastros compatibles con un sedante de acción corta.
Pero aquello no explicaba por qué necesitaban exactamente dos horas.
La respuesta estaba en mi propia casa.
Natalie contrató a un especialista para revisar las cámaras del edificio.
Cada sábado, minutos después de que yo perdiera el conocimiento, Daniel salía nuevamente.
Pero no iba solo.
Me llevaba con él.
Mi cuerpo inconsciente aparecía en el asiento del acompañante.
Dos horas después regresábamos.
Sentí que iba a vomitar.
—¿Adónde me llevaba?
Seguimos las matrículas y registros de tráfico.
Una clínica privada.
Bennett Neurological Research Center.
Propiedad de Richard.
Yo había estado allí once veces.
Sin recordarlo.
Con una orden judicial, los investigadores consiguieron registros internos.
Había expedientes médicos a mi nombre.
Extracciones de sangre.
Escáneres cerebrales.
Pruebas cognitivas.
Incluso muestras genéticas.
—¿Por qué? —pregunté.
Natalie pasó a la última página.
PROYECTO L-27.
Entonces vi una fotografía.
Era yo.
Tenía siete años.
—Nunca estuve en esa clínica.
Pero la fotografía tenía fecha de veinticinco años atrás.
Y junto a mí aparecía Richard.
Mucho más joven.
A su lado estaba mi padre.
El hombre que murió cuando yo tenía doce años.
Había una nota manuscrita:
“Laura no debe recordar la segunda fase.”
Sentí que el mundo se inclinaba.
Aquellos sábados no estaban intentando hacerme olvidar algo nuevo.
Estaban comprobando si seguía recordando algo antiguo.
La policía intervino antes de la siguiente cena.
Richard fue detenido cuando encontraron sedantes preparados en la cocina.
Daniel también.
Pero durante el interrogatorio ocurrió algo inesperado.
Daniel pidió hablar conmigo.
Acepté detrás de un cristal de seguridad.
—Nunca quise hacerte daño —dijo.
—Me drogaste durante tres meses.
—Porque mi padre dijo que si recuperabas ciertos recuerdos, morirías.
—¿Qué recuerdos?
Daniel deslizó una llave sobre la mesa.
—Pregunta por la habitación 27.
La clínica tenía oficialmente veintiséis habitaciones.
Pero detrás del archivo encontramos una puerta sin número.
La llave abrió.
Dentro había cintas de video antiguas.
Decenas.
Todas etiquetadas con mi nombre.
La última había sido grabada cuando yo tenía doce años.
En la pantalla aparecía mi padre.
—Laura, si algún día vuelves a ver esto, significa que Richard fracasó.
Me tapé la boca.
Mi padre continuó.
—Lo que te hicieron cuando eras niña nunca fue un tratamiento.
Detrás de él apareció otra persona.
Una mujer.
Mi madre.
La misma mujer cuyo funeral habíamos celebrado cuando yo tenía ocho años.
Estaba viva en aquella grabación cuatro años después de su supuesta muerte.
Entonces miró directamente a la cámara.
—Laura, escucha con atención.
Levantó una carpeta marcada PROYECTO L-27.
—Richard no empezó a drogarte después de que te casaste con Daniel.
Hizo una pausa.
—Daniel fue elegido para casarse contigo porque Richard necesitaba volver a tener acceso a ti.
Sentí que dejaba de respirar.
La grabación terminó con una última frase de mi padre:

—Y si estás viendo esto, jamás preguntes qué ocurrió durante esas dos horas.
—Pregunta qué hicieron contigo durante los ocho años que no recuerdas.