PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE GABRIEL CREYÓ ENTERRADO

Rodrigo llegó antes de las siete de la mañana.

No venía solo.

A su lado estaba Clara Mendoza, una abogada especializada en divorcios militares.

Puse sobre la mesa mi certificado de matrimonio, documentos bancarios y los mensajes de Gabriel.

Clara leyó dos veces la frase donde me pedía fingir que estábamos divorciados.

—No borres absolutamente nada.

—No pienso hacerlo.

Rodrigo me observó.

—¿Y el expediente antiguo?

Respiré hondo.

—Está relacionado con mi madre.

Durante años había creído que ella había perdido la razón después de la agresión y asesinado al hombre responsable.

Pero antes de casarme, descubrí irregularidades en aquel caso.

Declaraciones desaparecidas.

Fechas modificadas.

Y una prueba que jamás llegó al juicio.

Gabriel me convenció de dejarlo atrás.

“Ya sufriste suficiente”, decía.

Yo confundí control con protección.

A las nueve llevé a Ana a su reunión escolar.

Entró orgullosa con su vestido nuevo.

Cuando la profesora preguntó por Gabriel, Ana bajó la cabeza.

—Papá tenía que ir a otra escuela.

Sentí un nudo en la garganta.

Entonces escuché aplausos afuera.

Miré por la ventana.

Gabriel acababa de llegar.

Pero no por Ana.

Al otro lado del patio estaba Valeria abrazándolo mientras Mariana sonreía.

Gabriel llevaba uniforme de gala.

Exactamente como Ana había soñado.

Mi hija también lo vio.

—Mamá…

No lloró.

Eso fue peor.

Gabriel levantó la mirada y nos encontró detrás del cristal.

Su rostro cambió.

Se acercó rápidamente.

—Te dije que no la trajeras.

—Y yo te dije que quería divorciarme.

Mariana apareció detrás de él.

—Lucía, no hagas una escena delante de las niñas.

La miré.

—La escena empezó hace ocho años.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Vete a casa. Hablaremos allí.

—Ya no.

Le entregué un sobre.

Dentro estaba la solicitud de divorcio.

Por primera vez desapareció aquella serenidad perfecta.

—¿Rodrigo está detrás de esto?

Me sorprendió.

Yo nunca había mencionado su nombre.

—¿Cómo sabes que hablé con Rodrigo?

Gabriel comprendió demasiado tarde su error.

No respondió.

Aquella tarde, Clara solicitó registros financieros.

Lo que encontramos convirtió una infidelidad en algo mucho más grave.

Durante ocho años, Gabriel había transferido dinero regularmente a Mariana.

No desde su cuenta personal.

Desde un fondo familiar creado para Ana.

Más de trescientos mil dólares habían desaparecido.

—¿Puede recuperarse? —pregunté.

Clara señaló varias firmas.

—Primero tenemos que descubrir quién autorizó esto.

Las firmas llevaban mi nombre.

Pero yo jamás había firmado aquellos documentos.

Rodrigo llegó entonces con una caja.

—Encontré tu expediente.

Dentro estaban los documentos originales del caso de mi madre.

También había algo que yo nunca había visto.

Una carta escrita por ella desde prisión.

“Lucía, si algún día lees esto, debes saber que Gabriel Castañeda no apareció en tu vida por casualidad.”

Sentí que las manos se me enfriaban.

Seguí leyendo.

Mi madre afirmaba que la familia Castañeda conocía al hombre que la había atacado.

Peor aún.

El padre de Gabriel había participado en la investigación que terminó enviándola a prisión.

—Esto no tiene sentido —susurré.

Rodrigo sacó una fotografía del expediente.

Mostraba a mi madre entrando al tribunal.

Detrás de ella estaba un adolescente.

Gabriel.

Mucho antes del día en que supuestamente me conoció escondida en aquel cuarto de herramientas.

—Él ya sabía quién eras —dijo Rodrigo.

Mi teléfono sonó.

Gabriel.

No contesté.

Entonces llegó un mensaje.

“Lucía, no abras el expediente.”

Un segundo después apareció otro.

“Hay cosas sobre tu nacimiento que tu madre nunca te contó.”

Miré a Rodrigo.

—¿Cómo sabe que tenemos esto?

Nadie respondió.

Clara continuó revisando la caja hasta encontrar un sobre sellado bajo el falso fondo.

En el exterior estaba escrito mi nombre.

Dentro había una prueba de paternidad realizada cuando yo tenía seis años.

Leí el apellido del hombre analizado.

CASTAÑEDA.

Se me paralizó el cuerpo.

—¿El padre de Gabriel? —preguntó Clara.

Rodrigo tomó el documento.

Su expresión cambió.

—No.

Levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Lucía, esta prueba no pertenece al padre de Gabriel.

Me entregó la última página.

El nombre completo estaba allí.

Coronel Esteban Castañeda.

El hermano mayor de Gabriel.

El mismo hombre que oficialmente había muerto como héroe.

Y el esposo de Mariana.

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