No enfrenté a Verónica aquella noche.
Eso era exactamente lo que ella esperaba.
En lugar de eso, fotografié cada página del documento que mi madre había escondido.
Era una cesión irrevocable de activos.
La firma de Isabel aparecía al final.
Falsificada.
Pero lo verdaderamente interesante estaba tres páginas después.
El beneficiario no era Verónica.
Era una sociedad llamada Bellmont Holdings.
Nunca había oído hablar de ella.
—Mamá, ¿quién era el hombre que vino?
Isabel cerró los ojos.
—Verónica lo llamó Adrián.
Mi sangre se enfrió.
Conocía ese nombre.
Adrián Salvatierra.
Habíamos trabajado juntos cinco años atrás.
Hasta que descubrí que desviaba dinero de clientes mediante empresas fantasma.
Mi testimonio había contribuido a destruir su carrera.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Entonces entendí que aquello no había empezado con Verónica.
Yo era el objetivo.
Mi madre solo era la llave.
A las tres de la madrugada llamé a Marta, mi abogada.
A las cuatro ya teníamos copias de movimientos bancarios, escrituras y registros societarios.
Bellmont Holdings llevaba dieciocho meses existiendo.
Su administrador era un testaferro.
Pero había cometido un error.
Una de sus cuentas había recibido una transferencia desde una tarjeta personal.
La tarjeta pertenecía a Verónica.
—Lucas —dijo Marta—, hay más.
Giró el portátil.
Durante los últimos nueve meses, alguien había solicitado préstamos utilizando propiedades de tu familia como garantía.
—Eso es imposible.
—No si falsificaron autorizaciones.
Sentí que la rabia se convertía en algo mucho más frío.
—¿Cuánto?
—Casi dos millones de euros.
A las siete llevé a mi madre al hospital.
El parte médico documentó cada lesión.
Después presentamos la denuncia y entregamos las pruebas.
A las nueve y veinte regresé.
Verónica seguía en casa.
Estaba desayunando.
—¿Dónde está Isabel?
—A salvo.
Dejó lentamente la taza.
—Lucas, estás exagerando.
Puse delante de ella la cesión falsificada.
Su rostro cambió.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—¿Qué es eso?
—Tú sabes perfectamente qué es.
—Tu madre está confundida.
—Entonces Adrián Salvatierra también debe ser producto de su imaginación.
La taza chocó contra el plato.
Silencio.
—¿Cómo conoces ese nombre? —preguntó.
Sonreí sin alegría.
—Gracias por confirmarlo.
Verónica se levantó.
—No entiendes nada.
—Explícamelo.
—Adrián dijo que solo recuperaríamos lo que te correspondía pagar.
—¿Recuperar?
Su expresión se endureció.
—Tú destruiste su vida.
Ahí estaba.
No era únicamente dinero.
Era venganza.
Mi teléfono vibró.
Marta.
Abrí su mensaje.
Y sentí que algo no encajaba.
Habían rastreado Bellmont Holdings.
La sociedad no estaba controlada únicamente por Adrián.
Existía un segundo beneficiario oculto.
Una mujer.
Verónica.
Pero el documento de constitución tenía ocho años.
Fruncí el ceño.
—Llevamos casados seis años.
Verónica dejó de respirar.
Bellmont existía dos años antes de que nos conociéramos.
La miré lentamente.
—Tú ya trabajabas con Adrián antes de conocerme.
—Lucas…
—¿Nuestro encuentro fue preparado?
No respondió.
No necesitaba hacerlo.
Entonces sonó el timbre.
Dos agentes esperaban fuera.
Detrás de ellos estaba Marta.
Y sostenía otra carpeta.
—Antes de que se la lleven —dijo—, tienes que ver esto.
Sacó una fotografía antigua.
Adrián y Verónica estaban juntos.
La fecha era de hacía nueve años.
Pero había una tercera persona junto a ellos.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—No.
Miré otra vez.
Era mi padre.
El hombre que había muerto seis años antes.
Marta abrió el último documento.
—Lucas, Bellmont Holdings no fue creada por Adrián.
Levantó los ojos hacia mí.
—La fundó tu padre.
Verónica soltó una risa extraña.
—Por fin.
Me giré hacia ella.
—¿Por fin qué?
Sus ojos ya no mostraban miedo.
—Por fin vas a descubrir por qué tu padre me pidió que me casara contigo.
