PARTE 2: LA DEUDA QUE COMPRÉ ESA MAÑANA

Presioné el botón rojo.

Richard todavía sonreía cuando la sirena atravesó el agua.

Su sonrisa desapareció al ver una embarcación policial acercándose al yate.

Detrás venía otra lancha del Sovereign Trust.

—¿Qué demonios está pasando? —gruñó.

No respondí.

Minutos después, Marcus Hale, director jurídico del banco, subió a bordo con dos agentes.

Me encontró inmediatamente.

—Señora Presidenta, los documentos de incautación están listos para ser firmados.

El silencio fue brutal.

Victoria me miró como si hubiera hablado otro idioma.

—¿Presidenta?

Liam se quitó lentamente las gafas.

—¿De qué está hablando?

Extendí la mano.

Marcus me entregó la carpeta.

—Vantage Capital adquirió esta mañana la deuda de Whitmore Holdings.

Richard palideció.

—Eso es imposible.

—Yo soy la propietaria de Vantage.

Firmé la primera página.

—Y también controlo Sovereign Trust.

Victoria retrocedió.

—Pero trabajas en una cafetería.

—Soy dueña de esa cafetería.

La miré.

—Voy allí porque me gusta trabajar.

Richard intentó recuperar el control.

—No puedes simplemente quitarnos el yate.

Marcus abrió otro documento.

—El yate, la residencia familiar y tres propiedades comerciales garantizan los préstamos impagados.

Victoria giró hacia su marido.

—¿Nuestra casa?

Richard no contestó.

Entonces Liam se acercó a mí.

—Cariño, deberíamos hablar en privado.

Solté una pequeña risa.

—Cuando tu madre casi me tiró al océano, también podías haber hablado.

—No sabía quién eras.

Aquella frase terminó de destruir cualquier cosa que quedara entre nosotros.

—Ese era precisamente el problema, Liam.

Marcus comenzó a pasarme documentos para firmar.

Pero al llegar al último, se detuvo.

—Hay algo que debería ver antes.

Su tono había cambiado.

Me entregó un informe financiero.

Había una línea de crédito adicional por veintiocho millones de dólares.

—¿Quién autorizó esto?

Marcus señaló las firmas.

Richard Whitmore.

Y Liam Whitmore.

Miré a mi novio.

—¿Tú?

—Puedo explicarlo.

Richard golpeó una mesa.

—¡Cállate!

Liam se volvió hacia él.

—¡Ya está acabado, papá!

—¡Todo estaba bajo control hasta que empezaste a acostarte con ella!

Nadie respiró.

Miré a Liam.

—¿Hasta que empezaste qué?

Victoria cerró los ojos.

Marcus bajó lentamente la carpeta.

Liam parecía enfermo.

—No fue así al principio.

—¿Al principio de qué?

No respondió.

Marcus sacó varias hojas impresas.

—Durante la auditoría encontramos correos electrónicos vinculados a esa línea de crédito.

El primero estaba fechado once meses atrás.

Tres meses antes de que Liam y yo nos conociéramos.

Remitente: Liam Whitmore.

Destinatario: Richard Whitmore.

Leí la frase marcada.

“Encontré su cafetería. Si consigo acercarme a ella, tendremos acceso directo a Vantage.”

Sentí algo mucho más frío que tristeza.

—Sabías quién era.

Liam bajó la mirada.

Victoria comenzó a llorar.

—Emily, nosotros nunca quisimos…

—¿Nunca quisieron qué?

Marcus colocó otro correo frente a mí.

Richard había respondido:

“Haz que confíe en ti. Necesitamos su firma antes de que venza la deuda.”

Mi mano se detuvo.

—¿Mi firma para qué?

Marcus abrió la última página.

Era una solicitud de garantía personal por cuarenta millones de dólares.

Mi nombre aparecía escrito debajo.

Y junto a él había una firma.

La mía.

Perfectamente falsificada.

—Esto nunca lo firmé.

—Lo sabemos —respondió Marcus.

Uno de los agentes se acercó inmediatamente a Liam.

Pero Liam no intentó escapar.

Solo me miró.

—Emily, tienes que creerme. Cambié de opinión después de conocerte.

—¿Entonces quién presentó esto?

Richard gritó:

—¡No digas una palabra!

Liam lo ignoró.

—Mi padre.

Richard avanzó hacia él, pero los agentes lo detuvieron.

Entonces Marcus recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión se volvió seria.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—La solicitud falsificada no se presentó desde ninguna cuenta de los Whitmore.

Me mostró la pantalla.

Reconocí inmediatamente el código interno.

Era una credencial ejecutiva de Vantage Capital.

Una credencial que solo poseían siete personas.

—Eso significa que alguien de mi empresa los ayudó.

Marcus negó lentamente.

—No alguien cualquiera.

Giró la pantalla hacia mí.

Allí aparecía el nombre de la persona que había autorizado el acceso.

La misma persona que me había aconsejado comprar aquella deuda esa mañana.

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