Mia dejó caer el mango de la aspiradora.
El golpe volvió a sonar.
Tres veces.
Lento.
Deliberado.
—Señor Duca… —susurró—. Hoy suena más fuerte.
La miré.
—¿Hoy?
Mia asintió.
—Lo escuché otras noches.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Se lo dijiste a tu madre?
—Sí.
—¿Qué respondió?
—Que nunca volviera a acercarme a esta pared.
Aquello cambió todo.
Grace sabía algo.
Saqué el teléfono y llamé al jefe de seguridad.
—Sube al estudio.
Dos minutos después, Marcus apareció acompañado por dos hombres.
Le señalé la biblioteca.
—Quiero saber qué hay detrás.
Marcus frunció el ceño.
—Señor Duca, según los planos, ahí no hay nada.
—Entonces explícame los golpes.
Como si hubiera entendido mis palabras, algo volvió a tocar desde el otro lado.
Tres veces.
Marcus perdió el color.
Retiramos los libros.
Detrás de una enciclopedia encontré algo que jamás había visto.
Una pequeña cerradura metálica incrustada en la madera.
—¿Quién tiene la llave? —pregunté.
Nadie respondió.
Entonces Mia levantó tímidamente la mano.
—Mi mamá.
Me giré hacia ella.
—¿Grace tiene una llave?
La niña buscó dentro de su bolsillo.
Sacó una pequeña llave negra.
—Me dijo que nunca la usara.
Marcus me miró.
Introduje la llave.
Encajó perfectamente.
La estantería se abrió unos centímetros.
Detrás había un pasadizo estrecho.
Un olor a humedad salió de la oscuridad.
Encendimos las linternas.
—Quédate aquí —le ordené a Mia.
Avancé con Marcus.
El corredor descendía hasta una habitación oculta.
Había una cama.
Botellas de agua.
Comida.
Una lámpara.
Y fotografías.
Docenas.
Fotografías mías.
Entrando en restaurantes.
Subiendo a coches.
Reuniéndome con políticos.
Incluso durmiendo.
—¿Qué demonios…?
Marcus tomó una de las imágenes.
—Alguien lleva meses vigilándolo.
Entonces escuchamos un ruido.
Respiración.
Apuntamos las linternas hacia una esquina.
Había un hombre sentado en el suelo.
Delgado.
Barbudo.
Con las muñecas cubiertas de heridas.
Levantó las manos.
—No disparen.
Marcus se quedó inmóvil.
Yo reconocí aquel rostro.
Era imposible.
—Samuel.
Mi hermano.
El mismo hombre cuyo funeral había pagado hacía nueve años.
Samuel comenzó a llorar.
—Pensé que nunca encontrarías la puerta.
Antes de que pudiera acercarme, escuchamos a Mia gritar desde el estudio.
Corrí de regreso.
Grace estaba allí.
Pálida.
Temblando.
Pero no parecía enferma.
Tenía a Mia abrazada contra el pecho.
—Señor Duca —dijo—, cierre esa puerta.
—¿Sabías que mi hermano estaba ahí?
Grace cerró los ojos.
—Sí.
La rabia me atravesó.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tres meses.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Grace miró hacia el pasadizo.
—Porque Samuel no se estaba escondiendo de usted.
Entonces sonó la alarma de seguridad de la mansión.
Marcus miró su teléfono.
Su rostro cambió.
—Tenemos vehículos entrando por la puerta norte.
—¿Cuántos?
—Seis.
Grace agarró mi brazo.
—Ya saben que abrió la habitación.
La miré.
—¿Quiénes?
Sus ojos se llenaron de terror.
—Los mismos hombres que fingieron la muerte de su hermano.
Se escuchó un disparo en la planta baja.

Después otro.
Grace apretó a sus hijas contra ella.
—Y llevan nueve años esperando que Samuel les diga dónde escondió las pruebas contra usted.