Tres días después firmé los papeles del divorcio.
No se los entregué a Julián.
Todavía no.
Mi abogado me había aconsejado reunir primero todos los documentos relacionados con nuestras propiedades, cuentas y beneficios militares.
Así que seguí empacando.
Julián seguía sin darse cuenta.
Aquella noche llegó después de medianoche.
—Mañana salgo con Camila —dijo mientras se quitaba la chaqueta—. Estaremos fuera varios días.
—Está bien.
Se detuvo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
Frunció el ceño.
—Antes preguntabas dónde iba.
Doblé una blusa y la guardé en mi última maleta.
—Antes me importaba saberlo.
Julián me miró fijamente.
Por primera vez pareció notar el armario medio vacío.
—¿Dónde están tus cosas?
—Guardadas.
—¿Por qué?
Antes de que pudiera responder, sonó su teléfono.
Camila.
Julián contestó inmediatamente.
—Voy.
Ni siquiera terminó nuestra conversación.
Solo tomó las llaves y salió.
A la mañana siguiente llegó un mensajero militar.
Traía un sobre dirigido a Julián.
Iba a dejarlo sobre su escritorio cuando vi otro sobre debajo.
Tenía mi nombre.
Elena Fu.
Lo abrí.
Era una solicitud de traslado familiar presentada cinco meses atrás.
Destino: una instalación militar en otra provincia.
Cónyuge autorizado para acompañar al general Julián Fu.
Pero mi nombre estaba tachado.
Encima aparecía otro.
Camila Shen.
Sentí que las manos se me enfriaban.
Debajo había una firma de autorización.
La de Julián.
Entonces comprendí que aquello no había sido un simple favor a la hermana de un compañero muerto.
Había solicitado oficialmente reemplazarme.
Tomé fotografías de cada página.
Después llamé a mi abogado.
—Presenta el divorcio hoy.
—¿Estás segura?
Miré mi última maleta.
—Completamente.
Esa tarde abandoné la casa.
Dejé las llaves sobre la mesa.
También dejé la bufanda azul que Julián me había regalado.
No dejé carta.
Dos días después, mi teléfono empezó a llenarse de llamadas.
Julián.
Una.
Cinco.
Diecisiete.
No contesté.
Finalmente llegó un mensaje.
¿Dónde estás?
Después otro.
¿Por qué faltan tus cosas?
Y luego:
Elena, deja de comportarte como una niña y vuelve a casa.
Apagué el teléfono.
Aquella noche dormí en el apartamento de Valeria.
Por primera vez en años, nadie podía hacerme esperar.
A la mañana siguiente, Julián apareció frente al edificio.
Todavía llevaba uniforme.
—¿Presentaste el divorcio?
—Sí.
Su expresión era de absoluta incredulidad.
—¿Por Camila?
—No.
Eso pareció desconcertarlo.
—Entonces ¿por qué?
—Porque pasé cinco años esperando que mi esposo me eligiera.
Lo miré tranquilamente.
—Y finalmente entendí que nunca estaba compitiendo con Camila.
—¿Qué significa eso?
—Que el problema eras tú.
Su rostro se endureció.
Entonces saqué la copia de la solicitud.
—También encontré esto.
Julián miró el documento.
Toda la sangre abandonó su rostro.
—Elena, eso no significa lo que crees.
—Firmaste para llevarla como familiar acompañante.
—Había una razón.
—Siempre había una razón.
Intentó tomarme de la muñeca.
Me aparté.
En ese momento apareció un vehículo militar detrás de él.
Un coronel bajó acompañado por dos oficiales.
Julián se volvió.
—¿Qué ocurre?
El coronel no respondió inmediatamente.
Miró la solicitud que yo sostenía.
Después miró a Julián.
—General Fu, necesitamos que nos acompañe.
Camila bajó entonces del asiento trasero.
Estaba llorando.
Pero lo que me hizo detenerme fue el hombre que salió detrás de ella.
Yo conocía aquel rostro.
Lo había visto decenas de veces en las fotografías del diario de Julián.
Era el hermano de Camila.
El compañero cuya muerte había justificado durante años todo lo que Julián hacía por ella.
El hombre que, según todos, había muerto salvándole la vida.
Pero estaba allí.
Vivo.
Y cuando me vio, pronunció mi nombre.

—Elena.
Julián cerró los ojos.
El hombre dio un paso hacia mí.
—Creo que ya es hora de que sepas por qué tu marido lleva cinco años mintiéndote sobre mi muerte.