La primera noche en Southport dormí con la luz encendida.
El cuarto de Claire era pequeño. Desde la cama podía ver mi maleta, los cuadernos apilados sobre una mesa y una pared sin fotografías de Noah y Mila. Había pensado que el silencio me daría descanso. En cambio, cada ruido del pasillo me hacía esperar pasos infantiles que nunca llegaban.
A la mañana siguiente abrí mi computadora y busqué el archivo del dispositivo de rehabilitación que había llevado a Ethan años atrás.
Seguía allí.
También estaban mis bocetos fechados, las pruebas del primer prototipo y el contrato que firmé cuando Hale Medical incorporó el proyecto. Ethan había comprado una participación en el estudio. Yo nunca había cedido mi condición de inventora ni todas mis acciones.
Llamé a una abogada. Después llamé a la escuela.
—Soy Ava —le dije a la directora—. La madre de Noah y Mila. Necesito que corrijan los contactos de emergencia y que ninguna persona fuera de la lista autorizada los recoja sin mi consentimiento.
La directora revisó el expediente.
—Señora Hale, aquí figura que la señorita Lin puede recogerlos.
—Puede estar autorizada. Yo también debo figurar.
Hubo una pausa.
—Tiene razón. Lo corregiremos hoy.
Fue una llamada de cuatro minutos. Me quedé mirando el teléfono mucho después de colgar. Había pasado meses pidiendo en casa algo que la escuela pudo arreglar antes del almuerzo.
El sábado llegó la competencia de robots.
Noah me había dicho que no fuera. Respeté sus palabras, aunque me doliera, y le envié un mensaje antes de que empezara: Espero que tu robot llegue muy lejos. Estoy orgullosa de las siete noches que trabajamos juntos.
No respondió.
Claire y yo vimos la transmisión desde su estudio. El robot de Noah avanzó entre los obstáculos, giró demasiado pronto y quedó atrapado junto a una pared. Lo vi levantar la mano para pedir que detuvieran la prueba.
Entonces retrocedió un paso, se agachó y ajustó una pieza del sensor. Era la pequeña corrección que habíamos practicado en la cocina.
El robot salió del rincón. Noah ganó el segundo puesto.
Media hora después, mi teléfono sonó.
—Mamá —dijo.
Me aferré al borde de la mesa.
—Lo vi. Estuviste increíble.
—Usé tu arreglo.
—Tú descubriste dónde ponerlo.
Oí voces detrás de él. Ethan preguntó con quién hablaba. Noah respondió: «Con mamá». No añadió ningún otro nombre.
Esa noche, Ethan me llamó.
—No sabía que habías trabajado en ese sistema —dijo.
—Hay muchas cosas que no sabías.
Quiso hablar de los niños, así que hablamos de ellos. Acordamos llamadas regulares y visitas que no interfirieran con su escuela. También le dije que mi abogada lo contactaría por mis acciones en el estudio. Ethan guardó silencio unos segundos antes de decir que revisaría los documentos.
Grace dejó de aparecer sin aviso en la casa. Más tarde, Ethan reconoció que había permitido que decidiera asuntos que debíamos haber hablado entre los dos. No esperaba que esa admisión arreglara cinco años, pero la anoté como un comienzo.
Mila fue más cautelosa que su hermano. En nuestra primera videollamada me enseñó un dibujo y luego preguntó:
—¿Vas a volver a vivir aquí?
—No, cariño.
Se le cayó la sonrisa.
—Pero voy a seguir siendo tu mamá —le dije—. Voy a llamarte, voy a verte y voy a escucharte, aunque estemos en casas distintas.
—¿Incluso cuando estés ocupada?
—Incluso entonces. Si no puedo contestar enseguida, te llamaré después.
Miró el dibujo un momento antes de levantarlo otra vez hacia la cámara.
—Es una casa con dos puertas —explicó—. Esta es la tuya.
En Southport volví a construir prototipos. Algunas tardes trabajaba hasta que Claire encendía las luces del estudio. Otras dejaba todo para hablar con mis hijos. Aprendí que recuperar mi profesión y cuidar de Noah y Mila exigía tiempo, constancia y muchas conversaciones difíciles.
Un día recibí la primera muestra fabricada de mi nuevo diseño. En la caja estaba impreso mi nombre: Ava.
Le tomé una fotografía y se la envié a Noah y Mila. Noah preguntó cómo funcionaba. Mila quiso saber si podía verlo cuando viniera de visita.
Les dije que sí.
Puse la caja sobre la mesa, junto al dibujo de la casa con dos puertas. Por primera vez, ambas cosas cabían en la misma habitación.