Durante unos segundos, solo pude mirar la pantalla.
Reconocí cada línea de aquella presentación. Había escrito el proyecto en la mesa de la cocina de mis padres, después de jornadas enteras resolviendo problemas que nadie más quería tocar. Incluso recordaba haber borrado y vuelto a escribir aquella frase a las dos de la madrugada.
—¿Quién más tenía acceso al documento? —preguntó la directora.
Tragué saliva.
—Ethan. Le envié un borrador la semana pasada para que me dijera qué le parecía.
No me había respondido.
La directora cerró la presentación y me pidió que le enviara mis archivos originales. Volví a mi escritorio, reuní las versiones guardadas, los correos y las notas fechadas. Cada prueba me dolía de una manera distinta. No porque dudara de lo ocurrido, sino porque empezaba a entender lo fácil que les había resultado hacerlo.
Ethan me llamó antes de que terminara.
—Vanessa dice que hablaste con Recursos Humanos.
—Sí.
Hubo una pausa.
—Julia, era una propuesta para el equipo. Tus ideas podían servirnos a todos.
—Entonces, ¿por qué pusieron sus nombres y quitaron el mío?
Al otro lado de la línea oí una puerta cerrarse.
—No hagas de esto algo personal.
Miré el documento abierto frente a mí. Cuatro meses de trabajo. Mi nombre borrado con un clic.
—Tú lo hiciste personal.
Colgué.
Aquella tarde, la directora nos reunió a los tres. Vanessa llegó con una carpeta contra el pecho y la sonrisa cuidadosa que usaba cuando quería parecer inocente.
—Hubo un malentendido —dijo—. Ethan me pasó unas ideas sueltas y yo desarrollé la presentación.
La directora colocó dos documentos sobre la mesa. En uno estaba mi borrador, fechado semanas antes. En el otro, la presentación de Vanessa.
—Explícame por qué también copiaste el error de la página siete —le pidió.
Vanessa bajó la mirada.
En mi borrador había escrito mal el nombre de una calle. Lo había corregido en la versión final que pensaba entregar para mi traslado. Ellos habían usado el archivo anterior.
Ethan se volvió hacia mí.
—Podrías haber hablado conmigo primero.
Solté una risa breve, sin alegría.
—Te envié el proyecto. Tuviste una semana para hablar conmigo.
Por primera vez, no encontré en su rostro la seguridad de siempre. Solo enojo porque ya no podía decidir cómo iba a contarse la historia.
La investigación interna tardó dos semanas. Retiraron la presentación y corrigieron la autoría. Vanessa perdió la dirección del proyecto. Ethan fue apartado de él. A mí me ofrecieron presentar mi propuesta ante el comité de contenidos, esta vez con mi nombre en la primera diapositiva.
Acepté.
También terminé con Ethan.
Vino a casa de mis padres una noche de lluvia y esperó bajo el porche con el cabello empapado.
—Cometí un error —dijo—. Podemos arreglarlo.
Durante años había querido oír que reconociera uno solo. Ahora sabía que reconocerlo no lo deshacía.
—Tú querías que siempre estuviera ahí cuando me necesitaras —le dije—. Yo quería que me vieras.
Cerré la puerta antes de que pudiera responder.
El sábado siguiente fui sola a la exposición de fotografía. Me detuve largo rato ante una imagen de una mujer sentada en una sala de cine vacía. La luz de la pantalla le iluminaba el rostro. No parecía triste. Parecía absorta.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje de la directora: el comité había aprobado mi traslado.
Guardé el móvil y seguí mirando la fotografía.
Pensé en aquella noche, en las tres cajas de palomitas abandonadas y en la entrada que había comprado solo para mí. Había creído que entraba a ver otra película.
En realidad, estaba empezando a elegir mi propia vida.