PARTE 2: LA CUENTA QUE FALTABA

Marcus dejó de sonreír cuando vio al hombre que seguía a la niña.

—No puede ser —murmuró.

Mi hija se abrazó a mis piernas. El hombre se detuvo a unos pasos de nosotros, con una pequeña chaqueta infantil doblada sobre el brazo. Era Daniel Price, el antiguo contador de la empresa de Marcus.

Cinco años atrás, Daniel había desaparecido la misma semana en que me acusaron de desviar dinero. Marcus había presentado los documentos ante el tribunal durante nuestro divorcio. Yo había perdido mi trabajo intentando demostrar que eran falsos.

—Encontró su chaqueta junto a la fuente —me dijo Daniel. Luego miró a Marcus—. Hace mucho que quería verte.

La mujer del brazo de mi exmarido dio un paso atrás.

—Marcus, ¿quién es?

Él no respondió. Tenía la vista fija en la carpeta que Daniel sostenía bajo el otro brazo.

Tomé a mi hija en brazos. Sentí sus dedos tibios en mi cuello y recordé las noches en que había temido no poder mantener un techo sobre nuestras cabezas. Marcus, mientras tanto, había seguido viviendo como si nada hubiera ocurrido.

—Pensé que te habías ido del país —dijo al fin.

—Eso te convenía creer.

Daniel abrió la carpeta. Dentro había copias de transferencias, correos impresos y una fotografía de un cheque con mi firma falsificada. Reconocí la fecha: el día en que Marcus me había dicho que nuestro matrimonio había terminado.

—Encontré el dinero —dijo Daniel—. Y encontré quién movió cada dólar.

Marcus miró alrededor. Algunos invitados ya nos observaban. Su acompañante soltó lentamente su brazo.

—Hablemos en privado —ordenó él.

—Tuviste cinco años para hacerlo —respondí.

Daniel me tendió una última hoja. Al principio solo vi números. Después, un nombre escrito bajo el apartado de beneficiarios.

No era el de Marcus.

Era el de la mujer que estaba a su lado.

Ella leyó por encima de mi hombro y palideció.

—Yo nunca autoricé esto —susurró.

Marcus intentó arrebatarme el papel, pero Daniel se interpuso. Mi hija escondió la cara en mi hombro. La música seguía sonando al otro extremo del salón, absurdamente alegre.

Entonces Daniel señaló una segunda firma al pie de la página.

Esta vez sí era mía. Y estaba fechada tres años después del divorcio.

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