—Llámala —ordenó Ethan.
El señor Morris bajó la vista. —Su número personal fue retirado del expediente al cerrar su contrato. Podemos enviarle los documentos pendientes por correo electrónico.
Ethan miró mi escritorio vacío. La planta seguía allí, junto a una carpeta azul marcada Singapur.
La abrió. Dentro estaban las fechas, los contactos y una lista de problemas que aún podían detener el contrato. Al final de cada página había anotaciones con mi letra. Ethan pasó los dedos por una de ellas, como si acabara de descubrir que yo había estado allí.
Esa noche me escribió al correo que conocía de memoria.
Necesito hablar contigo.
Le respondí a la mañana siguiente.
Si se trata del trabajo, Morris tiene todos los documentos.
Su siguiente mensaje llegó de inmediato.
Se trata de nosotros.
Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina. Durante seis años había esperado esas palabras. Ahora que las tenía delante, solo sentía cansancio.
Ethan apareció en mi edificio esa tarde. Bajé a hablar con él para que no llamara otra vez al timbre.
—No sabía que te irías de la empresa —dijo bajo la lluvia.
—Por eso presenté mi renuncia.
—Podríamos haber hablado.
Lo miré. —Ayer pasaste todo el trámite del divorcio mirando el teléfono. Tuviste tiempo para hablar conmigo.
Ethan apartó la vista. Luego dijo que el viaje a Singapur podía esperar, que había revisado mis notas, que no sabía cuánto trabajo hacía yo.
—Ese es el problema —respondí—. Vivimos juntos seis años y todavía necesitas una carpeta para darte cuenta.
Su rostro cambió. Por un momento vi al hombre del que me había enamorado: el que una vez me esperaba despierto para cenar y se reía cuando quemábamos el arroz. Sentí la punzada de echarlo de menos.
—Clara, lo siento.
Le creí. También supe que una disculpa no me obligaba a volver.
—Gracias por decirlo —contesté—. Ahora necesito que respetes mi decisión.
Subí sin esperar otra respuesta.
Las semanas siguientes fueron difíciles. Busqué trabajo, dormí demasiado algunos días y demasiado poco otros. Me sorprendí tomando el teléfono para contarle algo a Ethan, hasta recordar que ya no compartíamos esa vida.
Un mes después acepté un puesto en una pequeña firma de arquitectura. El primer viernes, mi nueva jefa apagó las luces de la oficina a las seis.
—El lunes seguimos —dijo.
Salí a la calle desconcertada, con toda la tarde por delante. Entré en una floristería y compré una lengua de suegra para mi apartamento.
Mientras la acomodaba junto a la ventana, sonó mi teléfono. Era un mensaje de Ethan: Espero que estés bien.
Miré la planta, la luz sobre sus hojas y las llaves de una casa que empezaba a sentir mía.
Estoy aprendiendo a estarlo, respondí.
Luego dejé el teléfono y salí a cenar.