Graham no respondió inmediatamente.
La doctora nos observó en silencio, como si comprendiera que aquella conversación ya no tenía que ver únicamente con una ecografía.
—Señor Whitmore —insistió—, necesito saber qué antecedentes tiene.
Graham bajó la mirada.
—Me dijeron que era imposible.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué era imposible?
—Tener hijos.
La habitación quedó completamente silenciosa.
—¿Cuándo te lo dijeron?
Graham tragó saliva.
—Hace casi veinte años.
Lo miré sin entender.
—¿Veinte?
Asintió.
—Cuando tenía veintinueve años me hicieron varias pruebas. Había tenido una infección grave que afectó mi sistema reproductivo. Los médicos dijeron que las posibilidades de que pudiera tener hijos de manera natural eran prácticamente nulas.
La doctora revisó nuevamente el monitor.
—Pero aparentemente esas posibilidades no eran cero.
Graham soltó una risa nerviosa.
—Eso parece.
Yo no podía apartar los ojos de la pantalla.
Dos pequeños sacos.
Dos vidas.
Después de tres años convencida de que mi cuerpo había cerrado para siempre aquella puerta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Graham levantó la mirada.
—Porque pensé que no importaba.
—Claro que importaba.
—Claire, cuando te conocí ya sabías que probablemente no podrías tener hijos. Yo también creía que no podía. Pensé que estábamos de acuerdo en algo.
Me quedé callada.
—Pero ahora hay dos bebés —susurré.
La doctora sonrió.
—Y debemos confirmar su evolución con nuevos estudios, pero por el momento todo indica un embarazo gemelar temprano.
Graham se levantó.
Caminó hasta la ventana.
Durante varios segundos no dijo nada.
Entonces su teléfono vibró.
Lo sacó del bolsillo.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Quién es? —pregunté.
—Nadie.
Guardó el teléfono.
Pero la doctora ya había salido de la habitación.
Nos quedamos solos.
—Graham.
—¿Sí?
—Enséñame el mensaje.
Me miró.
—Claire…
—Si realmente es nadie, no debería ser difícil.
Su rostro se endureció.
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
Sacó nuevamente el teléfono.
No me mostró el mensaje.
En cambio, dijo:
—Es mi hermano.
Parpadeé.
Nunca había oído hablar de un hermano.
—Pensé que eras hijo único.
Graham se quedó inmóvil.
—Eso es lo que cree todo el mundo.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué significa eso?
Se sentó frente a mí.
—Mi padre tuvo otro hijo antes de casarse con mi madre.
—¿Y?
—Ese hijo murió cuando era pequeño.
—Graham…
—Pero antes de morir tuvo una hija.
Me quedé mirándolo.
—¿Una hija?
Asintió.
—Mi sobrina.
No entendía por qué aquella información tenía relación con nuestro embarazo.
Hasta que añadió:
—Y ella trabaja en la misma clínica donde acabamos de estar.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿La doctora?
—No.
—Entonces ¿quién?
Graham no respondió.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez lo miró durante varios segundos.
Luego me entregó la pantalla.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Ya sé que Claire está embarazada.”
Mi estómago se contrajo.
—¿Quién escribió esto?
Graham tomó el teléfono.
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo sabe mi nombre?
Él guardó silencio.
—Graham.
—Porque alguien sabía que íbamos a venir aquí.
—¿Quién?
Me miró directamente.
—Mi madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Tu madre sabe que estoy embarazada?
—No debería saberlo.
—¿Entonces por qué dices que fue ella?
Graham respiró profundamente.
—Porque hace una semana me llamó.
—¿Qué quería?
—Me preguntó si habíamos pensado en tener hijos.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Por qué?
Graham apartó la mirada.
—Porque durante años me hizo creer que nunca podría tenerlos.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Cuando tenía veintinueve años, después de las pruebas médicas, mi padre me dijo que era estéril. Pero nunca vi los resultados originales.
—¿Y nunca preguntaste?
—Era joven. Confiaba en él.
—¿Y ahora?
Graham sacó una carpeta de su maletín.
La abrió.
Dentro había copias de informes médicos antiguos.
Los extendió sobre la cama.
Uno de ellos tenía una fecha de hacía diecinueve años.
Leí lentamente.
No decía que Graham fuera estéril.
Decía otra cosa.
“Fertilidad reducida. Posibilidad de concepción natural no descartada.”
Levanté la mirada.
—Te mintieron.
—Sí.
—¿Quién?
Graham señaló la última página.
Había una firma.
La reconocí inmediatamente.
No porque conociera al médico.
Sino porque había visto aquel apellido antes.
En los documentos de mi propio diagnóstico.
El mismo especialista que me había dicho tres años atrás que mis posibilidades de concebir eran extremadamente bajas.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—No puede ser.
Graham tomó el informe de mis manos.
Leyó el nombre.
Su expresión se volvió completamente fría.
—Este médico trabajó para mi familia.
—¿Qué estás diciendo?
—Que alguien pudo haber manipulado nuestros diagnósticos.
Mi mano fue instintivamente hacia mi vientre.
Dos bebés.
Dos pequeñas vidas que, de repente, parecían estar en el centro de un secreto mucho más antiguo.
Entonces el teléfono de Graham volvió a vibrar.
Esta vez no era un mensaje.
Era una fotografía.
Una fotografía tomada desde el estacionamiento de la clínica.
Aparecíamos Graham y yo saliendo del edificio.
Debajo había una sola frase:
“Ahora que sabemos que los dos son fértiles, tenemos que hablar de los bebés.”
Me quedé helada.
—Graham…
Él levantó la mirada.
—Sí.
—¿Quién quiere hablar de nuestros hijos?
Graham miró nuevamente la fotografía.
Y entonces dijo algo que hizo que mi corazón se detuviera.
—La mujer que me hizo creer durante veinte años que nunca podría ser padre.
