A las 13:58 entré en Crestwood Holdings por la puerta que usaban todos los empleados.
La recepcionista levantó la vista, sorprendida de verme. Le sonreí y le pedí que siguiera atendiendo sus llamadas. En la sala de conferencias de la planta baja me esperaban la directora de Recursos Humanos, el responsable de seguridad y dos miembros del comité de auditoría.
La junta había aprobado mi nombramiento aquella mañana. Mi padre me había enviado el acta antes de que terminara la audiencia de divorcio. Sobre la mesa había otro documento: la orden de suspender temporalmente el acceso de Dominic a los sistemas mientras se investigaban gastos y contratos bajo su responsabilidad.
A las 14:00, las puertas giratorias se abrieron.
Dominic entró hablando por teléfono. Acercó su placa al lector del torniquete. La luz roja parpadeó.
Lo intentó otra vez.
—¿Qué le pasa a esto?
El responsable de seguridad se acercó.
—Señor Vance, acompáñeme, por favor.
Dominic me vio a través del cristal de la sala. Su expresión pasó de la irritación a una incredulidad que casi me hizo recordar al hombre con quien me había casado.
—Audrey. ¿Qué estás haciendo?
Abrí la puerta.
—Mi trabajo.
Quiso reírse. No pudo.
Le expliqué que debía entregar sus dispositivos y que recibiría por escrito los pasos de la investigación. Un representante de Recursos Humanos se quedó con nosotros. Dominic miró de uno a otro, buscando a alguien que lo defendiera.
—Mi madre está en la junta.
—Victoria fue informada esta mañana —respondió una de las integrantes del comité—. Se abstuvo de votar por su relación contigo.
La mandíbula de Dominic se tensó.
—Están convirtiendo una discusión familiar en un asunto de la empresa.
Puse sobre la mesa una copia del gasto que había visto meses antes.
—Un bolso cargado a Crestwood como regalo para un cliente sí es un asunto de la empresa. Hay más partidas que debemos revisar.
Por primera vez, Dominic no miró hacia mí. Miró el documento.
No había ido allí para discutir nuestro matrimonio. Había empleados cuyos puestos y salarios dependían de que averiguáramos adónde había ido el dinero. Pedí que la revisión continuara sin interrupciones y que nadie sacara conclusiones antes de comprobar los registros.
Cuando Dominic salió acompañado por seguridad, mi padre me esperaba al fondo del pasillo. No dijo «te lo advertí». Me tendió un café y caminó conmigo hacia los ascensores.
En el piso de auditoría, una analista nos detuvo antes de llegar a la sala.
—Encontramos el contrato que autoriza las transferencias a la cuenta offshore —dijo—. Dominic lo firmó.
Abrió la carpeta y señaló la segunda firma, fechada dos años atrás.
Era la mía.