En la televisión, una reportera dijo mi nombre completo: mayor Érica Bennett.
En casa de mi padre, según me contó Jason después, nadie habló durante varios segundos. La copa de vino resbaló de la mano de papá y se rompió contra el suelo. En la pantalla yo ayudaba a Walt a bajar del camión, con nieve pegada a las pestañas.
Mi teléfono volvió a vibrar. Papá.
Lo dejé sonar. Todavía tenía el informe abierto y necesitaba terminarlo.
Álvarez apagó el televisor.
—Vete a descansar, mayor. Yo reviso la última página.
—Tus sobrinos te esperan mañana temprano.
—Y usted lleva horas aquí.
Acepté. En el pasillo, escuché el mensaje de voz de mi padre.
«Érica, vi las noticias. ¿Estás bien? Llámame cuando puedas».
Era la primera vez en aquella semana que preguntaba cómo estaba. Me quedé mirando el teléfono sin saber qué responder.
Jason llamó unos minutos después.
—Vi que saliste caminando al final del reportaje —dijo—. Aun así quería escucharte.
—Estoy bien.
Hubo una pausa.
—Papá me dijo que no vendrías porque tenías servicio.
Me apoyé contra la pared fría del pasillo.
—Cancelé el viaje después de que me pidió que no fuera.
Jason soltó el aire lentamente.
—No sabía nada de eso. Érica, mi ascenso no tenía nada que ver contigo.
—Lo sé.
—Voy a hablar con él.
—Hazlo por ti —le dije—. Yo hablaré con él cuando esté lista.
A la mañana siguiente, después de dormir unas horas, recibí noticias del hospital: Walt estaba estable. Su hija había llamado a la base para dar las gracias al equipo. Pensé en sus cuatro nietos y en la sonrisa que había conseguido arrancarle dentro de la cabina.
Entonces devolví la llamada de papá.
Contestó enseguida.
—Gracias a Dios. ¿Te lastimaste?
—No.
—Deberías haberme avisado de que salías en medio de esa tormenta.
Miré la maleta que aún no había deshecho. Había empacado ropa para cenar con él; seguía junto a la puerta.
—No sabía que nos llamarían —dije—. Papá, quiero hablar de lo que me pediste antes de Navidad.
Él guardó silencio.
—Fue una mala decisión —admitió al fin—. Creí que estaba ayudando a Jason. Terminé excluyéndote a ti.
No intenté consolarlo. Tampoco necesitaba hacerlo.
—Me dolió —dije.
—Lo sé. Lo siento, Érica.
Su disculpa no recuperó aquella cena. Pero por primera vez me escuchó sin explicarme por qué debía entenderlo.
Esa tarde fui a casa de la hermana de Álvarez. Había guardado un plato para mí y sus hijos insistieron en contarme cómo habían visto la nieve en las noticias. Me senté con ellos a la mesa, todavía cansada, mientras servían chocolate caliente.
Mi padre volvió a escribir más tarde para preguntarme si podíamos vernos cuando tuviera permiso. Le respondí que sí, después de Año Nuevo. Esta vez elegiríamos juntos el día.