Me quedé mirando la fotografía hasta que las puertas automáticas del aeropuerto se cerraron detrás de mí.
Mi suegro, Eduardo Ferrer, había muerto oficialmente cinco años atrás.
Yo había visto su tumba.
Había acompañado a Álvaro durante el funeral.
Y ahora estaba caminando por Toronto junto a Valeria.
Respondí al número desconocido.
“¿Quién eres?”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Alguien que cometió el error de trabajar para los Ferrer.”
Después apareció una dirección.
Un café a veinte minutos del aeropuerto.
“Ven sola.”
Debería haber llamado a la policía.
En cambio, envié la fotografía y mi ubicación a mi abogado antes de tomar un taxi.
En el café me esperaba una mujer de unos cincuenta años.
—Soy Laura Méndez —dijo—. Fui contable del Grupo Ferrer.
Colocó una carpeta frente a mí.
Dentro había copias de las transferencias que yo había descubierto.
Pero también otras mucho más antiguas.
—Eduardo fingió su muerte después de que una auditoría interna detectara irregularidades —explicó—. Desde entonces, Valeria mueve dinero entre sociedades para mantenerlo oculto.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Álvaro lo sabe?
Laura guardó silencio.
Aquello fue peor que cualquier respuesta.
—Dímelo.
—No sé cuánto sabe Álvaro.
Sacó otro documento.
—Pero sé por qué empezaron a preocuparse por ti.
Mi nombre aparecía allí.
INÉS MARTÍNEZ FERRER.
Debajo figuraba una autorización vinculada a una sociedad canadiense.
—Yo jamás firmé esto.
—Lo sé.
Laura señaló la fecha.
Correspondía a una semana en la que yo estaba en Valencia cuidando a mi madre.
—Alguien utilizó tu identidad.
Entonces comprendí por qué Valeria llevaba meses provocándome.
No intentaba simplemente destruir mi matrimonio.
Necesitaba que desapareciera antes de que empezara a hacer preguntas.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Álvaro.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“Sé que estás en Toronto.”
Se me helaron las manos.
Laura palideció.
—¿Le dijiste dónde estabas?
—No.
Otro mensaje apareció.
“No hables con nadie. Valeria te ha mentido desde el principio.”
Y después:
“Mi padre está vivo.”
Levanté lentamente la mirada.
—Álvaro lo sabía.
Laura cerró la carpeta.
—Entonces tenemos que irnos.
Pero antes de levantarnos recibí una fotografía nueva.
Álvaro estaba dentro de nuestra casa en España.
Sostenía entre los dedos uno de los fragmentos del jarrón azul.
Debajo escribió:
“Inés, encontré algo dentro del jarrón.”
La siguiente imagen mostraba una pequeña memoria USB.
Sentí un escalofrío.
Mi abuela me había regalado aquel jarrón años antes de que yo conociera a los Ferrer.
No tenía sentido.
Entonces llegó un último mensaje.
Esta vez no era de Álvaro.
Era del número desconocido que me había llevado hasta Laura.
“No confíes en él. Pregúntale quién conocía a tu abuela antes de que tú nacieras.”
Laura vio la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
—Inés…

Retrocedió lentamente.
—Hay algo que no te he contado sobre Eduardo Ferrer.
La puerta del café se abrió.
Y el hombre que entró llevaba cinco años muerto.